La descripción de este blog está directamente emparentada con su autora, es una oda al egocentrismo, es como una necesidad vital, es exhalar los males del cuerpo; como cuando alguien antiguamente tenía viruela y debía sacarla por medio del sudor, eso es este blog. Gracias.
viernes, 31 de julio de 2020
lunes, 11 de noviembre de 2019
¡Ey, don usted!
Corro,
corro todo el día,
En el
Metro y en la calle 34
Ni
un segundo de suspenso…
Solo
su imagen primitiva.
¡Ey!
Sí, usted
Hágale,
míreme, tiénteme,
Chismoséeme
la vida.
Autora: Lilián Andrea Sotomonte Garavito
In-Sertidumbre
Vuelo incesantemente.
He recorrido tu esencia mil veces
y, en esta pesadumbre,
solo me das un poco de sal.
Esto de ser bruja...
últimamente, no se me da tan bien.
Autora: Lilián Andrea Sotomonte Garavito
Ileana
Ese día la doctora Ileana llegó a su laboratorio más temprano; en su mente solo tenía
una idea fija: eliminar toda la evidencia.
Día 1 de 13
Aquella mañana el sol brillaba más fuerte, aquellos músculos merecían una oportunidad.
Día 2 de 13
El comportamiento de su amado es correcto, no ha sido un ensayo, ni un error.
Día 3 de 13
¡Maldito egoísta!, ¿Cree que puede jugar con alguien de mi nivel?
¡Algo se rompe!
Ese día la doctora Ileana llegó a su laboratorio más temprano; su mente solo repetía una
idea: maldito egoísta.
Día 6 de 13
Querido Di-ego, he comprado para ti la última colección de pinturas; espero que las
disfrutes; están en nuestro cuarto.
Día 6 de 13
¡Yo no la asesiné! ¡Lo juró! Cuando yo llegué, estaba muerta; yo amaba a Ileana.
El renacer
Ese día la doctora Ileana llegó a su laboratorio más temprano; su mente solo tenía una
idea fija: eliminar toda la evidencia.
Día 8 de 13
Ileana necesitaba renovarse, había jurado no volverse a enamorar, pero aquellos ojos
de sol merecían una oportunidad.
Día 9 de 13
El comportamiento de su amado ha sido aceptable… La prueba No. 7 saldrá bien.
Día 10 de 13
¡Maldito egoísta! Cree que soy igual que mi madre.
¡Algo se destruye nuevamente!
Ese día la doctora Ileana llegó a su laboratorio más temprano; debía crear un nuevo clon;
en su mente solo se repetía una idea: ¡Maldito egoísta!
Día 13 de 13
He muerto tantas veces. ¡No es justo seguir muriendo solo para que ellos paguen! Este
juego me está cansando…pero, bien lo decía mi madre antes de morir a golpes, hay que
darle otra oportunidad al amor.
El ciclo continúa eternamente, ¿o no?
Autora: Lilián Sotomonte
Etiquetas:
Cuento,
Lilián Sotomonte,
Literatura,
Literatura latinoamericana,
terror
viernes, 7 de julio de 2017
LA MUERTE, COMO LIBERACIÓN DEL ESPÍRITU, EN ALGUNOS POEMAS DE JOSÉ ASUNCIÓN SILVA
En el modernismo se da una solución al problema de qué es lo que sucede con
la persona una vez muere; el modernista sabe qué pasa con la muerte, ya que es
el estado de plena felicidad o el nirvana; el alma abandona el frágil cuerpo,
sueña con lo santo y lo infinito consiguiendo así la vida una continuidad en la
muerte. Dentro de las formas de expresión del modernismo se encuentra la
presencia de la muerte fuera del peso católico; se apartan de ese espíritu del
poeta del siglo XIX en el cual la muerte no es un momento donde se enjuicia,
sino un viaje.
El poeta José Asunción Silva (1865-1896): “suele considerarse como un
precursor del modernismo hispanoamericano.” (Camacho, 1978, p.58). Dentro de
algunos de sus poemas se encuentra la presencia de la muerte como liberación
del alma de quien muere y la tristeza de quien pierde a ese ser amado; en este
concepto de muerte se halla la relación con el modernismo, en el cual, la
muerte no está regida por el peso del juicio, sino que se convierte en el
descanso eterno; es un estado placentero. La vida se transforma en un peso del
que hay que huir; es una época en la que quien no pertenece a la burguesía, se
siente rechazado por una sociedad moderna: “Silva rechazaba el presente, y la
condena que hace de la “realidad”, son generalizaciones del conflicto con su
circunstancia inmediata, en ese ambiente confuso y convulsionado, mezcla de
arcaísmo y modernidad, del fin de siglo.” (Camacho, 1978, p. 197). Ante esa
sociedad cerrada y hermética, el poeta busca otro sentido en un más allá:
Silva no era un reaccionario, como muchos lo piensan; su
actitud era antiburguesa. Por ello, perdió su posición social y económica. Por
otro lado, era la doble moral de nuestra sociedad sagrada y asexuada
públicamente. En algunos de sus poemas, el poeta se pregunta por el destino del
hombre después de la tierra, duda de la fe y pregunta más a la naturaleza que a
la divinidad, afirma que el hombre es el que transforma la naturaleza y no la
divinidad. (Ayala, 1984, p. 118)
Existe en la poesía de Silva una rebeldía frente al cristianismo porque no
se aceptan sus dogmas; ya no es un dios quien define el destino del hombre
después de la muerte, sino que la muerte se convierte en otro estado de la vida
misma, el estado de la libertad absoluta; hay placer en la muerte que está
estrechamente relacionado con la naturaleza: “El mundo de Silva es el de los
muertos, la luna y las ‹‹húmedas neblinas.›› Ese mundo en que ‹‹el alma
abandona el frágil cuerpo y sueña con los santos y lo infinito››.” (Cobo, 1992,
p. 125). Los poemas tienen un carácter religioso al hablar sobre el alma, pero
no se encuentra dentro de la religión tradicional, sino se buscan nuevas
soluciones al problema de lo que sucede después de la muerte, incluso desde la
metafísica; en la última sección llamada “Cenizas”, de El libro de versos, escrito por Silva, se encuentran ocho poemas
que tienen como temática central la muerte: “Lázaro”, “Luz de luna”, “Muertos”,
“Triste”, “Psicopatía”, “Don Juan de Covadonga”, “Día de difuntos” y “Las voces
silenciosas”. “Y, por último, “Cenizas”, en donde se concentran los poemas más
pesimistas, cuyo tema es, en casi todos, la degradación de la vida o la
muerte.” (Cobo, 1992, p.132). Dentro de los cuales se encuentra ese choque
entre la realidad y lo que se desea logrando la liberación en otro plano
distinto a la vida. En el poema “Lázaro” se describe lo que ocurre después de
que el Salvador resucita a este personaje bíblico:
Ven, Lázaro! gritóle
El Salvador, y del
sepulcro negro
El cadáver alzóse entre
el sudario,
Ensayó caminar, a pasos
trémulos,
Olió, palpó, miró,
sintió, dio un grito
Y lloró de contento.
Cuatro lunas más tarde,
entre las sombras
Del crepúsculo oscuro en
el silencio
Del lugar y la hora,
entre las tumbas
De antiguo cementerio
Lázaro estaba sollozando
a solas
Y envidiando a los
muertos.
En esta primera parte del poema,
Lázaro es resucitado de su muerte; él busca todos los placeres a través de los
sentidos, pero con el trascurrir del tiempo se desencanta de la vida porque ya
ha hecho todo lo que le permite su cuerpo y desea la muerte como fin a su
desdicha, envidia a los muertos y su descanso frente a lo banal del mundo. Hay
una burla directa hacia la religión católica frente a la resurrección, ya que
con qué fin se despierta a quien está muerto para traerlo de nuevo a un mundo
que tarde o temprano lo va a hartar. Pero ¿qué puede hacer Lázaro para remediar
su suerte? En el poema “Luz de luna” se empiezan a dar luces frente a una
posible solución para una vida desdichada, ya sea por insatisfacción de la
misma o por el dolor que se siente frente a la pérdida de quien se ama; la
amada pierde a su amado al morir este y se describe la muerte como “El último sueño
de que nadie vuelve / El último sueño de paz y de calma” es decir, quien muere
contrario con lo que ocurre con Lázaro, no puede resucitar o volver del estado
en el que se encuentra, un estado en el que no hay sufrimiento porque se está
en paz y calma, pero ¿qué sucede con quien está vivo y pierde a su amado? El
poema propone que quien ama debe volver al alma de su querido, ¿de qué forma?
Si el muerto no puede regresar, el vivo es quien tiene que ir a ese lugar y
solo lo puede lograr a través de la muerte, es decir, del suicidio como
liberación, así el amor permanece constante más allá de la muerte; en el caso
de Lázaro, por medio de volver a morir encontraría la solución a su desencanto
de la vida:
El dramático choque entre el yo y el mundo. Entre lo subjetivo y la
realidad que lo circunda. ¿Cuál era el resultado? Casi siempre una evasión
hacia la soledad, hacia el más allá, dejando atrás “la vida normal”. O una
confrontación terrible que conduce a la desesperación, la angustia, y de allí
al suicidio, acentuando su pathos sentimental.
No la razón y las ideas. Sí el corazón. (Cobo, 1992, p.127)
La desesperación, producto también de la añoranza del
pasado, se da en el poema “Muertos” en el cual se sufre por lo que se ha ido,
por el pasado, por la ausencia de quien ya no está: “Y un color opaco y triste
/ Como el recuerdo borroso / De lo que fue y ya no existe.” Producto de la
soledad que se siente ante la pérdida de quien en otro tiempo “endulzó horas
futuras.” Ese dolor constante, provocado por la ausencia de quien se ama, se
reitera en “Triste”: “Saca recuerdos perdidos / De angustias y desengaños / Que
tienen ocultos nidos / En las ruinas de los años.” La vida se convierte en un
cúmulo de añoranzas, en una desear constante hasta que “alguna lejana, idea consoladora”
asoma en la mente: “En su lenguaje difuso / Entabla con nuestros duelos / El
gran diálogo confuso / De las tumbas y los cielos.” La solución a las penas que
se tienen en la vida se encuentra en las tumbas y en los cielos, es decir, en
la muerte, aunque todos sabemos que llegará tarde o temprano, en los casos de
tormento grave, solo se logra con el suicidio; el poema “Psicopatía” muestra,
cómo el razonar de un filósofo sobre la vida, la muerte y las causas finales,
solo produce dolor; estos pensamientos llevan a la persona a sufrir una
enfermedad del alma; esta quiere liberarse de ese cuerpo pálido, descuidado,
soñoliento, triste, serio y que viste de luto; en algunos casos esta enfermedad
llamada pensar se cura con ejercicios o un tiempo de reposo, pero en casos
graves solo con la muerte como en el caso de algunos filósofos que bebieron
cicuta o fueron quemados en la hoguera:
Pero el
joven aquél es caso grave,
Como
conozco pocos,
Más que
cuantos nacieron piensa y sabe,
Irá a
pasar diez años con los locos,
Y no se
curará sino hasta el día
En que
duerma a sus anchas
En una
angosta sepultura fría,
Lejos
del mundo y de la vida loca,
Entre
un negro ataúd de cuatro planchas,
Con un
montón de tierra entre la boca!
La muerte, como liberación del alma,
llega así a un estado de plena felicidad o Nirvana en el que no se desea nada;
ya no hay una pérdida del sentido de la vida producida, entre otras razones,
por los excesos como sucede en “Don Juan de Covadonga”, en el cual Don Juan,
después de haber amado, odiado y logrado todo, siente un sinsentido de la vida
al haber hecho todo lo que deseó en exceso; busca consuelos superiores en un
dios, pero al consultar a su hermano se da cuenta que este, a pesar de estar en
un monasterio rezando todo el día, también siente angustias indecibles y sueña
con descansar un poco; Don Juan de Covadonga ansía la quietud de los muertos.
En el poema “Día de difuntos” hay
una crítica ante el olvido de las personas que se han amado y mueren, similar
al que se hizo en el poema “Luz de luna”; aquí se habla sobre las campanas
plañideras que le hablan a los vivos de los muertos, el recuerdo constante de
la muerte, el no poder olvidar lo que se ha perdido a pesar de que los placeres
de la vida y el paso del tiempo inviten al olvido; se vuelve en la vida todo
jocoserio e irónico, hay una ambivalencia entre la muerte y la vida, cada una
con sus características. Con el poema “Las voces silenciosas” se cierra el
capítulo de poemas “Cenizas”, allí se le habla a las voces silenciosas de los muertos
rogándoles que en la hora final de ese yo lírico no le permitan regresar al
pasado oscuro, sino llegar al nirvana, hacia arriba, a esa playa donde el alma
arriba.
En conclusión, en los poemas de
“Cenizas” se plantea la muerte como liberación del alma, es decir, la
liberación de un cuerpo que necesita todo el tiempo distintas formas de
placeres para poder satisfacerse y, sin embargo, nunca lo logra porque siempre
va a estar anhelando algo que ha perdido en el pasado; el único lugar donde el
alma puede descansar es en el Nirvana, en el más allá, que en casos
desesperados se logra adelantando la muerte a través del suicidio.
BIBLIOGRAFÍA
Ayala, F. (1984). Manual de
literatura colombiana. Cali: Editorial Prensa Moderna.
Camacho, E. (1978). Sobre literatura
colombiana e hispanoamericana. Bogotá: Editorial Andes.
Cobo, J. (1992). El poeta José
Asunción Silva en Gran enciclopedia de Colombia – Literatura. Bogotá:
Instituto Caro y Cuervo.
Quintero, R. (1996). Centenario Silva
1896 / 1996. Bogotá: Banco de la República.
LO TRÁGICO EN MARÍA, DE JORGE ISAACS
Lo trágico en la novela María, (1867)
de Jorge Isaacs (1837), se presenta en la separación fatal de los amantes
Efraín y María; al morir María, por una
enfermedad heredada de su madre, hay un final desdichado:
La historia de María y Efraín, en su más elemental
sentido anecdótico, es simplemente la historia de dos adolescentes sometidos a
un destino que les es contrario y que, minuto a minuto, los lleva, por caminos
que ellos no pueden prever, al encuentro con la separación final a la muerte de
María. (Mejía, 1988, p. 5)
Lo trágico es una característica de algunas obras literarias, dentro de las
cuales se presentan conflictos que
mueven a compasión y espanto, los personajes ya sea producto de una pasión o el
destino se ven conducidos a un desenlace funesto. “A diferencia de la tragedia
moderna, la griega no abocaba
forzosamente a un final desdichado.” (Bowra, 1968, p.173). María es una novela representativa del romanticismo colombiano, la
melancolía y la separación de los amantes son algunas de las características
propias de este movimiento que permiten encontrar en varios momentos durante la
novela lo trágico: “El ideal romántico se desarrolla en la novela a partir del amor
imposible de los protagonistas.” (Álvarez, 2008, p.10). Se hace necesario que
los amantes se encuentren finalmente con la muerte para que se dé la tragedia,
ellos deben luchar contra el tiempo
porque la muerte persigue a María desde niña. Destino y acción son los
elementos que determinan que el amor de ellos se transforme en muerte:
Estas dificultades para establecerse como pareja por
medio del matrimonio provienen de los misteriosos designios de un destino
implacable e incomprensible: una enfermedad heredada, un diagnóstico errado,
una solución equivocada a pesar de la buena fe con que la propone el padre de
Efraín, todo aquello personificado en el ave negra que aparece de cuando en
cuando en presagio de catástrofes y que regresa triunfal a posarse sobre la
tumba de María en la última página de la novela. (Mejía, 1988, p. 5)
El Destino marca la acción, establece una líneas que acercan a los
personajes a un final trágico en al caso de María.
“El Destino, en forma de Rueda de la
Fortuna o de Providencia participa de forma importante. Su forma de
intervención es fundamentalmente a través de presagios, que preludian un final
trágico.” (Conejero, 2005, p. 15). De alguna manera, Efraín y María saben que
su amor no se consumará; en las primeras páginas de la novela, el narrador
cuenta la fatalidad que estará presente en la obra, similar a los coros que
están presentes en algunas tragedias: “ʻLo que ahí falta tú los sabes: podrás leer hasta lo que
mis lágrimas han borradoʼ. ¡Dulce y
triste misión! Leedlas, pues, y si suspendéis la lectura para llorar, ese
llanto me probará que la he cumplido fielmente.” (Isaacs, 1993, p. 12). En la
primera página de la novela, Efraín reitera el sentimiento fatídico y cuenta lo
que ocurrirá durante los siguientes capítulos hasta finalizar la obra:
Me dormí llorando y experimenté como un vago
presentimiento de muchos pesares que debía sufrir después. Estos cabellos
quitados a una cabeza infantil, aquella precaución del amor contra la muerte
delante de tanta vida, hicieron que durante el sueño vagase mi alma por todos
los sitios donde había pasado sin comprenderlo, las horas más felices de mi
existencia. (Isaacs, 1993, p. 13)
María y Efraín presienten lo que va a ocurrir durante una lectura que hacen
de Atala, escrito por Chateaubriand,
en el cual describe la despedida de Chactas sobre la tumba de la mujer que amó:
“¡Ay, mi alma y la de María no sólo estaban conmovidas por aquella lectura:
estaban abrumadas por el presentimiento!” (Isaacs, 1993, p. 35). El
presentimiento nefasto se convierte en un dolor profundo en el alma de ellos,
al ver un ave negra siente que les canta su desgracia, siendo esta un mal
augurio para los deseos que ellos tienen de casarse y así poder consumar su
amor: “No sé cuánto tiempo había pasado, cuando algo como el ala vibrante de un
ave vino a rozar mi frente. Miré hacia los bosques inmediatos para seguirla:
era un ave negra.” (Isaacs, 1993, p. 37).
Luego de que Efraín ve el ave siente un frío profundo en su cuarto, esa
impotencia que siente un ser débil ante una fuerza superior que lo abruma sin
que siquiera pueda defenderse, justo después de la presencia del pájaro, Efraín
se entera por palabras que le dice su padre de que María ha empeorado en su
enfermedad siendo esta una primera “coincidencia” entre la aparición del ave y
el deterioro de la salud de María.
Pero esta relación, como ya lo hemos mencionado, está
minada de base por una ‘fuerza mayor’ difícil de precisar y que obliga a la
pareja a debatirse entre la mutua atracción y el forzado rechazo, la somete a
la dialéctica de llama e insecto. (Mejía, 1988, p. 19)
Efraín y María son como una especie de héroes que luchan para poder estar
juntos, llevan encima el peso de un amor que no se consolida por múltiples
factores, en el caso de María, por su enfermedad: “Medía toda su desgracia: era
el mismo mal de su madre, que había muerto muy joven atacada de una epilepsia
incurable. Esta idea se adueñó de todo mi ser para quebrantarlo.” (Isaacs,
1993, p. 36). Y en el caso de Efraín, el tener que hacer una carrera en Europa
y aceptar todo lo que sus padres le impongan hace que se aleje de María; un
destino que se vuelve rígido para ellos porque no pueden romper las reglas
familiares y sociales:
-Y yo tengo cosas muy tristes que decirte, continuó
después de unos momentos de silencio; tan tristes, que son las causa de mi enfermedad.
Tú estabas en la montaña… Mamá lo sabe todo; y yo oí que papá le decía a ella
que mi madre había muerto de un mal cuyo nombre no alcancé a oír; que tú
estabas destinado a hacer una bella carrera; y que yo… ¡ah, yo no sé si es
cierto lo que oí…ǃ, será que no merezco que seas como eres conmigo. (Isaacs,
1993, p. 40)
En este sentido, el héroe que se representa en Efraín es aquel que aunque
presienta que se avecina el fin del mundo como lo conoce (la muerte de María),
lucha por lograr la realidad que él quiere (casarse y estar junto a María); no
se adapta a ese nuevo entorno que le ha sido impuesto; es más fuerte el amor
por sus ideales y por los valores que él ha escogido para su vida, ya que solo
así encuentra un sentido para esa existencia que le ha sido arrebatada por
designios superiores a él en una demostración mágica de poder:
Comprendiendo mi padre todo mi sufrimiento, se puso en
pie para retirarse; mas antes de salir se acercó al lecho, y tomando el pulso
de María, dijo: -Todo ha pasado. ¡Pobre niña¡ Es exactamente el mismo mal que
padeció su madre. (Isaacs, 1993, p. 36)
Un destino que busca separar a
Efraín y María en el cual ellos no comprenden por qué a ellos, no se observa el
autor del destino que les es dado; solo el héroe presiente lo que va a ocurrir
así no lo acepte; este tipo de amor trágico también se presenta en la obra Romeo y Julieta, de William Shakespeare,
en la cual mueren sus protagonistas sin poder estar juntos; en esta tragedia el
coro relata lo que ocurrirá durante el texto, marcando un destino de muerte:
Dos familias de idéntico linaje; una ciudad, Verona;
lugar de nuestra escena, y un odio antiguo que engendra un nuevo odio. La
sangre de la ciudad mancha de sangra al ciudadano. Y aquí, desde la oscura
entraña de los dos enemigos, nacieron dos amantes bajo estrella rival. Su
lamentable fin, su desventura, entierra con su muerte el rencor de los padres.
El caminar terrible de un amor marcado por la muerte, y esta ira incesante
entre familias que sólo conseguirá extinguir, centrarán nuestra escena en las
próximas horas. (Shakespeare, 1988, p. 1)
Shakespeare expresa lo que ocurre en su época a través de la tragedia
isabelina, logrando entender a ese ser humano que siente horror por las
calamidades y la muerte, a ese humano que se encuentra en desequilibrio entre
el bien y el mal; la tragedia está en el descontrol de sus actos y de su
destino, en el cual no tiene un control absoluto luchando entre la buena y la
mala fortuna:
Shakespeare aparece, por el contrario, en la escena
mundana; una sociedad orgullosa se reconoce en sus agigantadas figuras. El ser
humano muéstrase ocupado en sus posibilidades y en sus riesgos, en su grandeza
y en su pequeñez, en su humanidad y en
su satanismo, en su nobleza y en su bajeza, en su júbilo por la dicha de vivir
y en su horror por las calamidades y el aniquilamiento de la vida, en su amor,
en su generosidad, en su franqueza y en su odio, su estrechez y su ceguera – y
todo en su plenitud: en la insolubilidad de sus problemas, en el descalabro final
de sus realizaciones, sobre un fondo de ordenamientos favorables y del
impasible y evidente antagonismo del bien y el mal. (Jaspers, 1960, p.19)
Romeo y Julieta se aman, pero pertenecen a dos familias que se odian y
jamás permitirían que estuvieran juntos, esta intervención de las familias
ayude a que se marque la tragedia al convertirse el amor en muerte; en el caso
de Efraín y María pertenecen a una
familia que aunque no se oponen de una manera intransigente, sí invitan a
Efraín a que espere para casarse con María ya que las emociones fuertes podrían
agravar la enfermedad de María y causarle la muerte. El padre de Efraín le
dice:
Tú amas a María, y hace muchos días que lo sé, como es
natural. María es casi mi hija, y yo no tendría nada que observar, si tu edad y
posición nos permitieran pensar en una matrimonio; pero no lo permiten; y María
es muy joven. No son solamente éstos los obstáculos que se presentan; hay uno
quizás insuperable, y es mi deber hablarte de él. María puede arrastrarte y
arrastrarnos contigo a una desgracia lamentable de que está amenazada. El
doctor Mayn se atreve casi a asegurar que ella morirá joven del mismo mal a que
sucumbió su madre: lo que sufrió ayer es un síncope epiléptico, que tomando
incremento en cada acceso, terminará por una epilepsia del peor carácter
conocido. (Isaacs, 1993, p. 54)
Para que los protagonistas lleguen a la tragedia y se pueda cumplir el
destino que se tiene pactado para ellos es necesario que las acciones de los
personajes permitan que se forme la tragedia: “las acciones de los enamorados
influyen en el curso de los acontecimientos” (Conejero, 2005, p. 17). Efraín
actúa como un héroe moderno, no toma acciones que lo lleven a evitar la
desgracia sino decide viajar a pesar de que sabe que la salud de María
empeorará, él carga con el peso de su cobardía, de no haber hecho lo suficiente
por mantenerla a ella viva, a pesar de los anuncios dados por el cuervo y los
cantos hechos por diversos personajes, similar a lo que ocurre con Romeo:
El peso de las acciones con posible vinculación al
desenlace trágico recae sobre Romeo, y se manifiesta a través de las
reflexiones del fraile sobre su comportamiento; de las palabras de Julieta
sobre el progreso de los acontecimientos, de sus acciones, y, sólo en una ocasión,
del reconocimiento explícito por parte de Romeo. Las características de su
personalidad que colaboran con las disposiciones del Destino y con la
influencia negativa de la enemistad familiar son la impulsividad, que predomina
sobre la razón. (Conejero, 2005, p. 17)
Efraín y Romeo son los protagonistas de la tragedia al tomar decisiones que
llevan el curso de la historia a lo trágico, permitiendo así que se dé en el
caso de Efraín la muerte de María y en el caso de Romeo la muerte de Julieta y
la de él; Efraín carga consigo el peso de no poder casarse con María, esa
ilusión que, aunque en un momento la quiera apartar de él, no puede porque el
amor que siente por ella está arraigado en su alma y es correspondido por ella:
¡Primer amor!... Noble orgullo de sentirnos amados;
sacrificio dulce de todo lo que antes nos era caro a favor de la mujer querida;
felicidad que comprada para un día con lágrimas de toda una existencia,
recibiríamos como un don de Dios; perfume para todas las horas del porvenir;
luz inextinguible del pasado; flor guardada en el alma y que no es dado a los
desengaños marchitarla, único tesoro que no puede arrebatarnos la envidia de
los hombres; delirio delicioso… inspiración del Cielo… ¡María! ¡María! ¡Cuánto
te amé! ¡Cuánto te amara! (Isaacs, 1993, p. 13)
La tragedia se desarrolla como una imposibilidad, los amantes no pueden
estar juntos, ni consumar su amor porque María trae consigo un destino de
muerte heredado por su madre que se agrava por la partida Efraín ya que decae
el ánimo de ella al sentir que lo pierde; María por medio de un canto le
anuncia a Efraín que la única manera de que ella continúe con vida es que él se
quede a su lado: “Ven conmigo a vagar bajo las selvas donde las Hadas templan
mi laúd; ellas me han dicho que conmigo sueñas, que me harán inmortal si me
amas tú.” (Isaacs, 1993, p. 83). Efraín tiene claro que María lo ama y que
cuando él se vaya, ella caerá enferma, pero él decide viajar a Europa y esperar
a casarse con ella a su llegada; él sabe que ella puede morir durante ese
tiempo y toma la decisión de alejarse; Tiburcio le reitera la importancia de no
esperar para consolidar el amor con María: “Al tiempo le pido tiempo y el
tiempo tiempo me da, y el mismo tiempo me dice que él me desengañará.” (Isaacs,
1993, p. 201). Anuncios dentro de la obra por medio de cantos de lo que
sucederá, no hay escape de ese destino.
Durante la novela hay un juego tortuoso de acercar y alejar a los amantes;
por momentos sienten que podrán estar juntos para siempre y en otros que ya no
será así: “¡Mañana, mágica palabra la noche que se nos ha dicho que somos
amados! Sus miradas, al encontrarse con las mías, no tendrían ya nada que
ocultarme; ella se embellecería para felicidad y orgullo mío.” (Isaacs, 1993,
p. 32). Esa constante entre amor y muerte hace trágico la historia al igual que
en Romeo y Julieta; ellos desean que
su vida sea el amor, pero el destino les tiene esperada la muerte; Efraín
recibe las cartas de María en las cuales le solicita que regrese al Valle del
Cauca cuanto antes para que ella no muera: “La noticia de tu regreso ha bastado
para volverme las fuerzas… Yo no puedo morirme y dejarte solo para siempre.”
(Isaacs, 1993, p. 225) Pero por más que Efraín corre y no descanse durante todo
su viaje no logra llegar, para encontrar viva a su amada y todo su mundo es
transformado en un infierno:
Púseme en pie para colgarla de la cruz y volví a
abrazarme del pie de ella para darle a María y a su sepulcro un último adiós.
Había yo montado y Braulio estrechaba en sus manos una de las mías, cuando el
revuelo de una ave que al pasar sobre nuestras cabezas dio un graznido
siniestro y conocido para mí, interrumpió nuestra despedida; la vi volar hasta
la cruz de hierro, y posada ya en uno de sus brazos, aleteó repitiendo su
espantoso canto. Estremecido, partí a galope por en medio de la pampa
solitaria, cuyo vasto horizonte ennegrecía la noche. (Isaacs, 1993, p. 250)
María termina con un “equilibrio trágico”, con el cual se
concluye con lo esperado, durante toda la obra se está mostrando lo que va a
ocurrir a través de diversas manifestaciones (los cantos de los personajes, el
ave negra); el destino y el accionar de los personajes hacen que la historia
llegue a un final trágico permitiendo así que con la muerte de María se logre
ese equilibrio que se espera en la obra, esa muerte que se sabe va a ocurrir,
esa separación eterna de los amantes Efraín y María.
BIBLIOGRAFÍA
Álvarez, L. (2008). Las caras del
héroe en María, de Jorge Isaacs. Bucaramanga: Universidad Industrial de
Santander.
Berlín, I. (1983). Prólogo: El
espíritu de los románticos europeos. Londres: Constable y Co.
Bowra, C. (1966). Introducción a la
literatura griega. Madrid: Ediciones Guadarrama.
Isaacs, J. (1993). María. Bogotá
D.C.: Panamericana Editorial Ltda.
Jaspers, K. (1960). Esencia y formas
de lo trágico. Buenos aires: Editorial Sur, S.R.L.
Martínez, C. (1998). Las
trasfiguraciones del héroe mítico en la última escala del Tramp Steamer. Bucaramanga:
Universidad Industrial de Santander.
Mejía, G. (1988). Prólogo: María. Caracas: Editorial Ex Libris, calle El Buen Pastor, Boleíta
Norte.
Shakespeare, W. (2005). Romeo y
Julieta. Madrid: Fundación instituto Shakespeare.
Schenk, H. (1983). El espíritu de los
románticos europeos. Londres: Constable y Co.
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María y Efraín,
Tragedia
LA VIOLENCIA EN LA NOVELA: LA CIUDAD Y LOS PERROS, DE MARIO VARGAS LLOSA
… cosas terribles, muchas hay, pero
ninguna más terrible que el hombre…
(“Antígona”, de Sófocles)
La violencia en la novela La ciudad y
los perros (1963), de Vargas Llosa (1936), se plantea como una clara
manifestación de opresión del más fuerte al más débil. Es una violencia
jerarquizada por la institución militar:
El colegio, entonces, es un ámbito no por transitorio
intrascendente, puesto que imprime su huella profunda en la mentalidad de los
adolescentes. Estos aparecen sometidos a la disciplina y jerarquía propias de
una institución fuertemente militarizada, que acentúa la verticalidad de un
ciclo regido por las prohibiciones y la sujeción estricta a unas normas cuya
violación trae el castigo. (Morillas, 1985, p. 123.)
Esta posibilidad de actuar o no violentamente, de desear o no causarle daño
físico o sicológico a otra persona o animal, no se da gratuitamente, es
necesario que existan factores externos o internos que lleven a cometer este
acto; al respecto, dice el profesor, Nelson Arana, en su libro Violencia en La ciudad y los perros, publicado
en 1978:
La agresión y la explosión de la violencia pueden ser
determinados por uno o dos factores: a) por aquellos elementos inherentes a la
naturaleza humana, como son las reacciones instintivas genético-biológicas, o
bajo el mecanismo de un proceso sicológico derivado de los impulsos internos o
externos que determinan el comportamiento del hombre en la sociedad; b) por
factores externos, como son las condiciones sociales y los valores morales prevalentes
en la sociedad que contribuyen a la formación de la conducta individual.
(Arana, 1979, p.5)
Las reacciones ante la violencia en
un individuo dependen de sus vivencias, de esas condiciones sociales,
familiares, culturales, personales, que forman su carácter y que ante
situaciones de encierro, hacinamiento, miedo, celos, rivalidad, imitación,
sumisión, deseo de poder, codicia, venganza, impotencia; en fin, todas las
posiciones que ponen al individuo en un estado de poca racionalidad lo hacen repetir la cadena de violencia, ser
una víctima o decidir no seguir participando en ese juego y simplemente decidir
salir de esa situación.
El escritor peruano Mario Vargas Llosa se ha interesado por relatar
historias en las cuales se muestran conflictos sociales, sus personajes se
envuelven en situaciones que los llevan a encontrarse de frente con conflictos,
frustraciones y problemas de acuerdo con cada espacio en el que se desarrollan
sus novelas; en el caso de La ciudad y
los perros el conflicto principal es demostrar ser hombre; según la
profesora de Literatura hispanoamericana, Enriqueta Morillas, se acepta la
violencia como conducta necesaria para poder convertirse en hombres:
En La ciudad y los
perros, los estudiantes del colegio militar Leoncio Prado se inician en el
aprendizaje de la hombría, cuya índole necesita de la humillación, del
sacrificio, de la aceptación de la violencia como conducta necesaria,
prescrita. La ética del medio obliga a
los “perros”, los alumnos del primer año, a soportar vejaciones que luego
infligirán, a medida que progresen y sean merecedores de acceder a las clases
superiores. (1985, p. 122)
La ciudad y los perros fue publicada por primera vez en la colección Biblioteca
Breve de la editorial Seix-Barral; en esta novela se narra la vida de unos
adolescentes que se encuentran recluidos en el colegio militar Leoncio Prado,
los cuales solamente salen a ver a su familia los domingos. Cuando ingresan al
colegio por primera vez deben pasar duras pruebas, ya que son considerados los
perros del colegio y deben ser bautizados; estas pruebas van desde
masturbaciones públicas, golpes, tener que tenderle la cama a sus compañeros de
grados más avanzados y hasta violaciones. Los niveles de violencia en los que
viven estos adolescentes son altísimos productos de un encierro, perturbaciones
en el inicio de su vida sexual (zoofilia, prostitución, homosexualismo,
pornografía y exhibicionismo), el tener que responder a un estricta educación
militar degradada, el racismo, el demostrar ser machos y un sinfín de
frustraciones producto de una cultura castrense. La obra gira en torno de
Alberto Fernández (“El poeta”), El Jaguar, Ricardo Arana (“El esclavo”), El
Boa, Porfirio Cava (“El serrano”), el teniente Gamboa, el capitán Garrido, el
teniente Huarina y Teresa; estos son los
personajes que más son mencionados en la obra. El hecho que desencadena el
resto de acciones es el robo del examen de química:
La ciudad y los
perros empieza con una elección casual. Los dados señalan al Cava
como el elegido para robar el examen de química, una señal del poder del
círculo. Se trata de un designio al que Cava no puede escapar. El Jaguar le
ordena ponerse en marcha: “Apúrate –le repitió el Jaguar–”. Luego de esta premisa, la novela es una cadena
de causas y efectos. El nerviosismo de Cava lo lleva a romper el vidrio, lo que
lleva al castigo de los cadetes, lo que lleva a la delación del Esclavo. Este
hecho a su vez precipita la muerte del Esclavo, lo que lleva a la acusación que
hace Alberto y a la denuncia de Gamboa. Esta cadena sólo termina cuando la
sociedad reinstaura sus códigos y restringe a los individuos a su lugar
original: todos los héroes del libro (Gamboa, Alberto, incluso el Jaguar)
terminan su vida como seres grises, reabsorbidos por la realidad. (Cueto, 2008,
p.110).
El encierro como forma de opresión hace que los estudiantes del Leoncio
Prado busquen la manera de salir de ese acoso emocional y conductual (el robo
del examen, la violación de las gallinas, la lectura de novelas porno…); dentro
de los estudiantes impera un alto grado de violencia, de necesidad de humillar
al otro para demostrar que son hombres; el mismo Alberto le dice a Ricardo
sobre la necesidad de demostrarle a los otros que se es macho, que se es
hombre, para evitar que se la monten: “Y lo que importa en el Ejército es ser
bien macho, tener unos huevos de acero, ¿comprendes? O comes o te comen, no hay
más remedio.” (Vargas, 1963, p. 22.)
La violencia tiene múltiples formas en las que se manifiesta; una de ellas es
la violencia por opresión, en la cual el que es más fuerte o tiene más
experiencia en determinado campo es el que ejerce violencia sobre el otro: “la
impotencia de los grupos y comunidades minoritarias de la sociedad para la
determinación y consecución de sus ideales.” (Arana, 1979, p. 27). En la obra
se presenta el caso de los “perros”, quienes son los estudiantes más jóvenes
del colegio, a ellos se les infringen por los del último grado una serie de
castigos y humillaciones para hacerlos entender que hay unas jerarquías que
respetar y que tienen que hacer todo lo que les mande los más grandes:
El Esclavo estaba solo y bajaba las escaleras del comedor
hacia el descampado, cuando dos tenazas cogieron sus brazos y una voz murmuró a
su oído: “venga con nosotros, perro”. Él sonrió y los siguió dócilmente. A su
alrededor, muchos de los compañeros que había conocido esa mañana, eran
abordados y acarreados también por el campo de hierba hacia las cuadras de
cuarto año. Ese día no hubo clases. Los perros estuvieron en manos de los de
cuarto desde el almuerzo hasta la comida, unas ocho horas. El Esclavo no
recuerda a qué sección fue llevado ni por quién. Pero la cuadra estaba llena de
humo y de uniformes y se oían risas y gritos. Apenas cruzó la puerta, la sonrisa
en los labios aún, se sintió golpeado en la espalda. Cayó al suelo, giró sobre
sí mismo, quedó tendido boca arriba. Trato de levantarse, pero no pudo: un pie
se había instalado sobre su estómago. (Vargas, 1963, p. 45)
El esclavo siente en el colegio, como la mayoría de los recién llegados, la
humillación constante por parte de los más grandes, los bautizos con los que
son iniciados en esa vida militar constan de golpes, insultos, el tener que
cantar varias veces delante de los demás que se es un “perro”, escupidas, el
comportarse como un perro, el desnudarse delante de los otros, el ser lavados
con orines de los otros… entre otras.
El esclavo no solo recibe maltratos por parte de los estudiantes de cuarto
grado, sino también por parte de sus compañeros de grupo, él es serrano o indio dentro de la sociedad peruana
que se presenta en la obra y el Perú; según José Carlos Flores Lizana, es un
país racista, en el que se violenta de una manera más directa a quienes son serranos
o indios: “-Serrano –murmuró el Jaguar, despacio-. Tenías que ser serrano.”
(Vargas, 1963, p. 12); para referirse el Jaguar a Cava, un compañero suyo que
proviene de la montaña o del campo y al cual lo apodan Serrano: “-No juego con
serranos – dice Alberto, a la vez que se lleva las manos al sexo y apunta hacia
los jugadores-. Sólo me los tiro.” (Vargas, 1963, p. 20). Alberto trata de
hacer sentir a los demás inferiores por el no ser blancos como él, más
adelante, él reafirma esta posición diciendo: “-Pasaré un parte al capitán
–dice Alberto, dando media vuelta-. Los serranos se juegan los piojos al póquer
durante el servicio.” (Vargas, 1963, p. 20). A los estudiantes de raza negra
también los discriminan: “En los
ojos se le vio que es un cobarde como todos los negros.” (Vargas, 1963, p. 19)
y a los cholos: “-No me gusta que me tutees, cholo de porquería.” (Vargas,
1963, p. 106).
De acuerdo con el orden social en el que se encuentren los estudiantes del
colegio son peor tratados, se emplea un lenguaje bastante violento en el que se
refleja un conflicto, no solamente propio del colegio, sino de la sociedad
peruana en general:
En el colegio se reflejan los conflictos de la sociedad
peruana en su globalidad, acerca de la cual nos ilustra la novela, cuya trama
se abre al relato desde una perspectiva múltiple. Al centro concurren hijos de
familias burguesas, como Alberto; de familias humildes como el Jaguar; costeños
y serranos, blancos y cholos. Los conflictos individuales y sociales se
exacerban al someterse a una dinámica que consagra la supremacía de unos y el
sometimientos de otros. Como también se exacerba un odio racial. (Morillas,
1985, p.123)
El pensamiento de los estudiantes corresponde a lo que viven en su
sociedad, la forma despectiva con la que se refieren los que tienen rasgos europeos
hacia los que son más parecidos a los indígenas o negros muestra que ese
concepto del blanco como superior al negro y al aborigen no se ha eliminado,
sino por el contrario se sigue reafirmando en la sociedad; este es un tipo de
violencia racial, en el cual se impone un ser que se cree superior sobre los
demás por el simple hecho de tener un color de piel y rasgos diferentes:
Los serranos son tercos, cuando se les mete algo en la
cabeza ahí se les queda. Casi todos los militares son serranos. No creo que a
un costeño se le ocurra ser militar. Cava tiene cara de serrano y de militar, y
ya le jodieron todo, el colegio, la vocación, eso es lo que más le debe arder.
Los serranos tienen mala suerte, siempre les pasan cosas. Por la lengua podrida
de un soplón, que a lo mejor ni descubrimos, le van a arrancar las insignias
delante de todos, lo estoy viendo y me pone la carne de gallina, si esa noche
me toca ahora estaría adentro. Pero yo no hubiera roto el vidrio, hay que ser
bruto para romper el vidrio. Los serranos son un poco brutos. Seguro que fue de
miedo, aunque el serrano Cava no es un cobarde. Pero esa vez se asustó, sólo
así se explica. También por mala suerte. Los serranos tienen mala suerte, les
ocurre los peor. Es una suerte no haber nacido serrano. (Vargas, 1963, p. 147)
El creer que los blancos son más inteligentes o valientes que los indios o
negros crea un pensamiento social en el que los individuos serranos o negros se
sienten inferiores a los otros y actúan consecuentemente a sus pensamientos; un
ejemplo claro se ve en el personaje del Esclavo, quien desde niño ha sido
maltratado: “En el colegio Salesiano le decían “muñeca”; era tímido y todo lo
asustaba.” (Vargas, 1963, p.117). Este personaje se convierte en un mártir, ya
que quien no pelea y se defiende, se lo lleva el mismísimo demonio, a pesar de
que él en su infancia desafió a pelea a otro estudiante, solo logró ser
golpeado, él es consciente de su cobardía y por ese motivo permite que su padre
lo interne en el Leoncio Prado:
Era para castigar a ese cuerpo cobarde y transformarlo
que se había esforzado en aprobar el ingreso al Leoncio Prado; por ello había
soportado esos veinticuatro meses largos. Ahora ya no tenía esperanza; nunca
sería como el Jaguar, que se imponía por la violencia, ni siquiera como
Alberto, que podía desdoblarse y disimular para que los otros no hicieran de él
una víctima. A él lo conocían de inmediato, tal como era, sin defensas, débil,
un esclavo. (Vargas, 1963, p. 117)
Una autoestima bastante golpeada por los malos tratos, la cual lleva al
individuo a que acepte que es débil y que por esto los demás siempre lo ven
como una víctima:
La pasividad con que el Esclavo soporta toda clase de
atropellos apenas ingresa en el colegio, muestra que no es apto para vivir en
el Leoncio Prado, y se convierte en el objeto de humillaciones físicas y
verbales, no ya sólo por parte de los cadetes superiores, sino también por los
miembros de su propia sección. (Arana, 1978, p. 61)
El Esclavo o Ricardo Arana vivía antes con su tía y su madre en un pueblo;
cuando llega a la ciudad, conoce a su padre y tiene que vivir con él; su padre,
en lugar de darle tiempo para que se acostumbre a vivir con él, lo maltrata a
él y a su madre. Claramente es un tipo de violencia intrafamiliar; la Dra. Ellen
Watnicki escribe en su libro La
significación de la mujer en la narrativa de Mario Vargas Llosa, lo
siguiente:
El cadete Ricardo Arana, que se ha criado mimado por la
madre y por una tía, pasa una niñez idílica en Chiclayo. A los siete años es
llevado a Lima para reunirse con su padre, un hombre con tendencias misóginas,
que se enfurece al comprobar que su hijo no se manifiesta como el descendiente
macho y fuerte que siempre quiso tener y acusa por esta razón a la esposa.
Beatriz, la esposa, es percibida como una mujer débil de carácter, pero en
realidad, ella simboliza la impotencia del subyugado ante una fuerza bruta y
violenta y ante una sociedad que apoyo y favorece al subyugador. (Watnicki,
1993, p.263)
Ricardo ha aprendido de su madre a
ser sumiso: “Él tenía ganas de gritar para que la vida brotara de ese cuarto
que parecía muerto… volvió a su cama y lloró, tapándose la boca con las dos
manos.” (Vargas, 1963, p. 14). Él, todo el tiempo, está buscando la manera de
que sus padres no se den cuenta de sus verdaderos sentimientos, en especial, su
padre; se quedaba en las noches pensando la manera en que podía evitar
cualquier contacto con él, se acostaba muy temprano para evitar verlo en la
noche, sin embargo, al escuchar que su madre lo llama pidiendo ayuda, sale a su
encuentro y lo que recibe es una paliza por parte de su papá: “Su padre lo
golpeó con la mano abierta y él se
desplomó sin gritar.” (Vargas, 1963, p. 72). A pesar del terror que sentía por
los golpes que había recibido, tuvo que pedirle disculpas al otro día a su
papá, siendo su madre quien se lo había aconsejado ya que, según ella, su hijo
no hacía nada por conquistarlo y esto provocaba las reacciones violentas por
parte del padre y que estuviera disgustado con él por haberse interpuesto la noche
anterior entre él y su madre. Cansado de la violencia y la soledad que sentía
en su hogar, Ricardo Arana acepta estudiar en el colegio militar:
Ha olvidado también el resto de aquella noche, la frialdad de las sábanas
de ese lecho hostil, la soledad que trataba de disipar esforzando los ojos para
arrancar a la oscuridad algún objeto, algún fulgor, y la angustia que hurgaba
su espíritu como un laborioso clavo. (Vargas, 1963, p. 14)
En el Leoncio Prado no es que mejore
su situación, por el contrario, se da
cuenta de que el encierro puede ser una forma peor de violencia que los golpes:
“Podía soportar la soledad y las humillaciones que conocía desde niño y sólo
herían su espíritu: lo horrible era el encierro, esa gran soledad exterior que
no elegía, que alguien le arrojaba encima como una camisa de fuerza” (Vargas, 1963, p.
117). Él deseaba salir del colegio militar el fin de semana con todas sus
fuerzas para poder ver a Teresa, a quien él amaba y no se había podido
declarar, pero producto del robo de un examen de química los consignan a todos;
desesperado, le cuenta al teniente Remigio Huarina que quien roba el examen es
Cava y logra que lo dejen salir del colegio, pero no llega a declarársele a
Teresa; en una práctica de tiro le disparan por la espalda y es asesinado
aparentemente por el Jaguar, quien dice asesinarlo por soplón, por haber
delatado a Cava.
El Jaguar, todo el tiempo, tuvo
actitudes violentas con el Esclavo y no solo con él, sino con cualquiera que se
atravesara en su camino; él, desde niño, estuvo acostumbrado a la vida de
ciudad, incluso para conseguir dinero robó; cuando su madre murió, el padrino
de él decidió colaborarle para que entrara al colegio militar; desde el
comienzo demostró no temerle a nadie, por el contrario nunca pudieron
bautizarlo como un “perro”, ya que él responde a los golpes e insultos con
golpes e insultos:
-No –dijo Cava-. No es eso. Él es distinto. No lo han bautizado. Yo lo he
visto. Ni les dio tiempo siquiera. Lo llevaron al estadio conmigo, ahí detrás
de las cuadras. Y se les reía en la cara, y les decía: ¿así que van a
bautizarme?, vamos a ver, vamos a ver. Se les reía en la cara. Y eran como
diez.
-¿Y? – dijo Arróspide.
-Ellos lo miraban medio asombrados –dijo Cava-. Eran como diez, fíjense
bien, se les echó encima. Y riéndose. Les digo había ahí no sé cuántos, diez o
veinte o más tal vez. Y no podían agarrarlo. Algunos se sacaron las correas y
lo azotaban de lejos; pero les juro que no se le acercaban. Y por la virgen que
todos tenían miedo, y juro que vi a no sé cuántos caer al suelo, cogiéndose los
huevos, o con la cara tora, fíjense bien. Y él se les reía y les gritaba: ¿así
que van a bautizarme? Qué bien, qué bien. (Vargas, 1963, pp. 48 – 49.)
El Jaguar se había convertido en el
prototipo de alumno que todos desean ser en el colegio militar Leoncio Prado,
no permite que nadie ser burle de él, no siente miedo de pelear y detesta a los
soplones y a los cobardes:
No alcanzaron a intervenir, ni siquiera a comprender de inmediato lo
ocurrido, porque el Jaguar se revolvió como un felino atacando y golpeó al
otro, directamente al rostro y sin ningún aviso y luego se dejó caer sobre él y
lo siguió golpeando en la cabeza, en el rostro, en la espalda; los cadetes
observaban esos dos puños constantes y ni siquiera escuchaban los gritos del
otro, “perdón, Jaguar, fue de casualidad que te empujé, juro que fue casual”.
“Lo que no debió hacer fue arrodillarse, eso no. Y además, juntar las manos,
parecía mi madre en las novenas, un chico en la iglesia recibiendo la primera
comunión, parecía que el Jaguar era el obispo y él se estuviera confesando, me
acuerdo de eso, decía Rospigliosi y la carne se me escarapela, hombre.” El
Jaguar estaba de pie, miraba con desprecio al muchacho arrodillado y todavía
tenía el puño en alto como si fuera a dejarlo caer de nuevo sobre ese rostro
lívido. Los demás no se movían. “Me das asco –dijo el Jaguar-. No tienes
dignidad ni nada. Eres un Esclavo.”(Vargas, 1963, p. 54)
El Jaguar había participado en el
robo del examen de química junto con Cava; aparentemente, al enterarse de que
el Esclavo fue quien denunció a Cava como el culpable del robo, decide tomar
venganza, disparándole al Esclavo en la cabeza cuando ellos estaban en una
campaña en la cual tenían que disparar a blancos que se encontraban ubicados en
diferentes lugares de una montaña:
En ese momento vio la silueta verde que hubiera podido pisar si no la
divisaba a tiempo, y ese fusil con el cañón monstruosamente hundido en la
tierra, en contra de todas las instrucciones sobre el cuidado del arma. No
atinaba a comprender qué podía significar ese cuerpo y ese fusil derribados. Se
inclinó. El muchacho tenía la cara contraída por el dolor y los ojos y la boca
muy abiertos. La bala le había caído en la cabeza: un hilo de sangre corría por
el cuello. (Vargas, 1963, p. 166)
Después del asesinato del Esclavo,
el Jaguar le confiesa al teniente Gamboa que fue él quien asesinó al Esclavo,
aunque nunca se confirman estos hechos en la novela, pero el teniente no toma
cartas en el asunto y permite que el Jaguar continúe con su vida como si no
hubiera cometido ningún asesinato: “El “duro” de la promoción, apodado el
Jaguar, estaba enamorado de Teresa, en efecto ella es algo como su amor
verdadero y al final de la novela, en el EPÍLOGO, la consigue, años después de
haberla querido la primera vez.” (Luchting, 1978, p.95). En efecto, a pesar de los actos
cometidos por el Jaguar, logró conseguir terminar casado con su gran amor y
formar un hogar; dentro de esa jerarquización militar el más fuerte, más bravo,
más violento es quien merece estar arriba de los demás y la mayoría de las
veces es quien logra las propósitos que se propone, incluso el respeto de
quienes lo rodean; contrario al Esclavo que siempre recibió maltratos en su
casa y en el colegio, nunca pudo decirle de su amor a Teresa, terminó siendo
asesinado por un compañero y nadie perseveró en esclarecer lo que ocurrió con
su muerte; dentro de esa distribución militar, quienes son débiles, cobardes y
soplones no merecen ningún tipo de consideración. “La discriminación en la
aplicación de la justicia, perdonando al culpable y condenando al inocente,
glorifica la violencia; contribuye a la degradación de la moral y hace del
hombre pacífico un rebelde.” (Arana, 1978, p. 28). Este tipo de negligencia se
cometen en los militares porque que alguien golpee o maltrate a otro es
demostración de hombría.
La función de la violencia física expresada a través de la crueldad, la
brutalidad y el sadismo de los actos físicos que se cometen por los adolescentes
cadetes contra sus compañeros y contra los animales que viven en el perímetro
del colegio, no es una mera y gratuita ritualización de la violencia, como
aparentemente aparece de la primera lectura de la novela; es, más bien, una
arremetida contra la violencia y quizá una acusación y denuncia del ambiente
inmoral reinante en los claustros del colegio, e indirectamente, una
condenación contra la apatía de la administración militar para buscar
soluciones equitativas a los problemas que afectan a los estudiantes dentro del
régimen docente-educativo en que están obligados a crecer, física e
intelectualmente. (Arana, 1978, pp. 55-56)
Más allá de la violencia física,
también se encuentra otro tipo de violencia que busca desmoralizar al otro y
puede llegar a desesperarlo, es la violencia sicológica que se puede manifestar
en los insultos, el excluir a otro estudiante por su condición física, posición
económica o raza: “-Te has traído tu putita –dijo-. ¿Qué vas a hacer si la
violamos? -Buena idea –gritó Boa-. Comámonos
al Esclavo.” (Vargas, 1963, p.106). Los diálogos de los estudiantes del colegio
están cargados de improperios hacia el otro: “-Todos presos –dijo Alberto-. Borrachos, maricones,
degenerados, pajeros, todo el mundo a la cárcel.” (Vargas, 1963, p. 106). En otro apartado dice el Boa: “Cómete a la
novia del poeta. Te juro que si el poeta se mueve, lo quiebro.” (Vargas, 1963,
pp. 108-109). También dentro de la
violencia sicológica se encuentran los castigos, muchas veces se presentan con
el fin de “educar” dentro del colegio militar, se dan por parte de los
generales, tenientes o profesores para enseñarles a los estudiantes a respetar
la autoridad o cumplir las reglas, vas desde restarles puntos: “-Bueno –dijo
Gamboa-. Así tiene que cuidar su fusil. Vuelva a su sección. Pezoa, hágale una
papeleta de seis puntos.” (Vargas, 1963, p.156); hasta golpes, en este caso por
parte de un teniente:
-¿Estoy loco o alguien habla en la formación? –pregunta el teniente. Los
cadetes se callan. Gamboa se pasea frente a los brigadieres, las manos en la
cintura.
-Aquí los tres últimos –grita-. Rápido por secciones.
Urioste, Núñez y Revilla abandonan su sitio a la carrera.
Vallano les dice, al pasar: “tienen suerte que esté Gamboa de servicio,
palomitas”. Los tres cadetes se cuadran frente al teniente.
-Como ustedes prefieran –dice Gamboa-. Angulo recto o seis puntos. Son
libres de elegir.
Los tres responden: “ángulo recto”. El teniente asiente y se encoge de
hombros. “Los conozco como si los hubiera parido”, susurran sus labios y Núñez,
Urioste y Revilla sonríen con gratitud. Gamboa ordena:
-Posición de ángulo recto.
Los tres cuerpos se pliegan como bisagras, quedan con la mitad superior
paralela al suelo. Gamboa los observa; con el codo baja un poco la cabeza a
Revilla.
-Cúbranse los huevos –indica-. Con las dos manos.
Luego hace un saña al suboficial Pezoa, un mestizo pequeño y musculoso, de
grandes fauces carnívoras. Juega muy bien el fútbol y su patada es
violentísima. Pezoa toma distancia. Se ladea ligeramente: una centella se
desprende del suelo y golpea. Revilla emite un quejido. Gamboa indica que el
cadete retorne a su puesto. (Vargas, 1963, p. 38)
Otro tipo de castigo que se utiliza
en el colegio militar es el encierro en un calabozo, que para los estudiantes
es el peor de todos, no solo tienen que estar encerrados en el colegio todo el
tiempo, sino, además, quienes cometen actos más delicados tienen que estar
encerrados en celdas lejos de sus compañeros: “- Hola –dijo el Jaguar. No
parecía sorprendido al verlo allí. El sargento había cerrado la puerta, el
calabozo estaba en la penumbra.” (Vargas, 1963, p. 294)
“El abuso y la perversión del sexo,
inclusive con los animales, muestra al adolescente deshumanizado y actuando
como un animal, como un “perro”.” (Arana, 1978, p. 111). El encierro no solo
produce actos de violencia en el Leoncio Prado no solo produce actos de
violencia entre compañeros, sino también con los animales:
Pero no creo que a él le pasara nada con las ladillas y en cambio a la
Malpapeada la fregaron. Se peló casi enterita y andaba frotándose contra las
paredes y tenía una pinta de perro pordiosero y leproso con el cuerpo pura
llaga. Debía picarle mucho, no paraba de frotarse, sobre todo en la pared de la
cuadra que tiene raspaduras. (Vargas, 1963, p. 180)
La violación de las gallinas, de las
llamas, las perras, e incluso ellos hablan de violación hacia sus propios
compañeros (homosexualidad), muestra que la sexualidad de estos adolescentes
está enmarcada dentro de la perversión; el acto sexual se convierte en
demostrar que son hombres (voyerismo) y
pueden llegar a sentir placer al hacerle daño a otro ser, el sentir que son más
fuertes que otros:
Qué brutos, qué brutos, una gallina al menos es chiquita, parece un juego,
pero ¡una llama! ¿Y qué pasa si el Rulos se tira al muchacho? Estábamos fumando
en los excusados de las aulas, bajen las candelas, murciélagos. El Jaguar puja
de alma, parece que lo estuvieran manducando. ¿Ya, Jaguar, salió, salió?
Silencio, que me cortan, tengo que concentrarme. ¿Ya, ya, la puntita? ¿Y qué
tal si nos tiramos al gordito? ¿Tú no lo has pellizcado nunca? Uf. No está mala
la idea, pero ¿se deja o no se deja? A mí me han dicho que Lañas se lo tira
cuando está de guardia. Uf, al fin. ¿Salió, salió?, el muy maldito. ¿Y quién
primero?, porque a mí se me fueron las ganas con tanto ruido que hace. Aquí hay
un hilo para el pico. Serrano, no la sueltes que a lo mejor se vuela. ¿Hay un
voluntario? Cava la tenía por los sobacos, el Rulos le rogaba no muevas el pico
que de todas maneras te lo embocan y yo le amarraba las patas… El Boa se come a
una perra, por qué no al gordito que es humano. (Vargas, 1963, p. 30)
Se ha visto que en el colegio
militar Leoncio Prado se dan diferentes tipos de violencia producto de una
necesidad de unos jóvenes de demostrar que son hombres, el querer ser algo que no se es, lleva a tener
frustraciones que, muchas veces, se convierten en actos violentos hacia los
demás; golpes, insultos, violaciones, todo con el fin de oprimir al otro. No
solo en esta novela de Vargas Llosa se muestra la violencia, también en Los jefes (1958) trata esta temática:
La ciega rebeldía de sus personajes, impulsivos ejecutores de acciones
marginales, delata su soledad existencial. Tributo del neo-naturalismo que se
desarrolla en Perú en estos años, son las diversas manifestaciones de una
violencia generalizada las que aparecen como señales acusadas de un mismo
malestar. El código que lo sustenta sigue los rígidos dictados del honor
machista: la venganza, el castigo, la delación, la prepotencia, conforman
micromundos viciados, regulan las acciones que siempre recalan en la
brutalidad, en el odio. (Morillas, 1985, p. 122)
Ese machismo produce una
caricaturización de lo masculino, una exageración que lleva a los personajes a ser
agresivos y cometer actos salvajes, pero también están quienes detrás de todo
ese caos buscan la verdad sobre el porqué en estas instituciones se miente
sobre lo que realmente ocurre: “Alberto, uno de los protagonistas de La ciudad y los perros, y Zavalita, el
personaje clave de Conversaciones en La
Catedral, tienen el “vicio de la verdad”… no aceptan las mentiras de las
instituciones de la verdad colectiva.” (Cueto, 2008, p.102). Y es que cuando se está en una sociedad
violenta, aparentemente no hay más opciones que ser victimario o una víctima, a
pesar del esfuerzo de unos pocos por hacer las cosas diferentes pesa más el
pensamiento común y la tradición violenta: “En las novelas de Vargas Llosa, la
sociedad, la política, las relaciones amorosas y sexuales, la familia, son
expresados como campos de batalla por el poder.” (Cueto, 2008, p. 114). El
hombre en una constante disputa con el poder, el cual no le permite estar
tranquilo sino que le lleva a tener conflictos sicológicos que expresa
exteriormente, muchas veces, de manera violenta:
En todas las obras de Vargas Llosa percibimos un afán permanente de
proyectar al hombre en conflicto con su sociedad, y es quizá por eso que en sus
cuentos, en La ciudad y los perros, en Los cachorros, y en La
casa verde, muchos de los personajes se identifican, inclusive, con la
nomenclatura de los animales… el mundo es una callejón sin salida, donde los
jóvenes buscan con una lacerante desazón acceder al mundo de los adultos; no
obstante, cuando ellos lo logran, nosotros sentimos que todo ha sido en vano.
El mundo es una trampa sin salida.
Evidentemente, el pesimismo que percibimos en las obras de Vargas Llosa,
caracteriza el mundo interno de su novelística y el externo de la sociedad
peruana. En particular, en La ciudad y los perros el sentimiento
fatalista de la violencia y la inmoralidad se proyectan con amplitud
significativa en el epílogo de la novela. (Arana, 1978, pp. 154-155)
En conclusión, la violencia en La ciudad y los perros se da como fruto de una educación militar
que exige que el más fuerte someta al más débil para poder estar en un buen
lugar o rango dentro de la jerarquía militar; para demostrar que se puede ser
militar y ganarse el respeto de los demás compañeros y superiores, se hace
necesario saber pelear, insultar y guardar lealtad al grupo al que se
pertenezca. La concepción de hombre que se maneja dentro de la obra, lleva a
que los personajes sean más una caricatura de macho, que hombre, teniendo altos
niveles de irracionalidad y cometiendo actos violentos con todo ser que no
pueda defenderse. En un mundo irracional y violento solo se puede pertenecer a
dos bandos o ser víctima o un victimario;
a pesar de todos los esfuerzos que hizo Alberto por lograr justicia en
la muerte del Esclavo, no logró nada, todo siguió igual y volvieron después de
graduados a la misma rutina que es probable que se repita en sus hijos como
dice el epígrafe del epílogo escrito por Carlos Germán Belli: “… en cada linaje
el deterioro ejerce su domino.” (Vargas, 1963, p. 325).
BIBLIOGRAFÍA
Arana, N. (1978). Violencia
en La ciudad y los perros. Michigan: Ed. University microfilms
international.
Cueto, A. (2008). Una
épica de la transgresión. En Mario
Vargas Llosa la libertad y la vida. Lima: Ed. Planeta Perú S.A.
Luchting, W. A. (1978). Mario Vargas Llosa, desarticulador de realidades. Bogotá: Ed.
Colombia LTDA.
Morillas, E. (1985). Mario
Vargas Llosa. En Historia de la
literatura latinoamericana. Bogotá: Ed. La Oveja Negra Ltda.
Vargas, M. (1963). La
ciudad y los perros. Barcelona: Ed. Seix Barral, S.A.
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