viernes, 7 de julio de 2017

LA CEGUERA EN LA NOVELA LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO, DE MARIO VARGAS LLOSA.

“Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver,
pero que no miran.”
José Saramago


Cuando una persona no puede ver los objetos se habla de una ceguera física que puede ser ocasionada porque fallan sus ojos o la parte de su cerebro que se encarga de reproducir en su mente las formas, los colores, las texturas, en fin, todo lo que nos permite saber qué hay en nuestro rededor, pero no es esta ceguera la que me interesa para este trabajo sino la ceguera social, la cual la pretendo desarrollar en algunos de los personajes o grupos sociales en la obra La guerra del fin del mundo. La ceguera social no se produce  por problemas físicos, ya que la persona puede ver los objetos y describirlos, sino es más un problema de concepción frente al mundo, un problema de extremo fanatismo y radicalidad en la visión de la vida. Esta ceguera a la que me refiero es parecida a la que les ocurre a los personajes de Ensayo sobre la ceguera, novela publicada en 1995, del escritor portugués José Saramago, Premio Nobel de Literatura en 1998, quien dice lo siguiente sobre su obra:

El profundo egoísmo que marca a los distintos personajes en la lucha por la supervivencia, se convierte en una parábola de la sociedad actual, trascendiendo así el significado de ceguera más allá de la propia enfermedad física. (Saramago)

En Ensayo sobre la ceguera hay una epidemia de ciegos, pero no quedan viendo todo negro, como se supone que es la ceguera normal en la obra, sino blanco, a medida que va avanzando la novela se va definiendo lo que les está pasando a los diferentes personajes, ya que no es normal que se vuelva contagiosa una enfermedad que hasta el momento no lo había sido: “Pero esta ceguera es tan anormal, tan fuera de lo que la ciencia conoce, que no podrá durar siempre, y si nos quedáramos así para toda la vida, nosotros, todos, sería horrible, un mundo todo de ciegos, no quiero imaginarlo” (Saramago, 1995, p. 42). Sería terrible un mundo en el que todos fueran ciegos, pero qué pasaría si en vez de ser ciegos físicos fueran todos ciegos sociales, una colectividad en la cual todos los personajes siguen al otro sin pensar en lo que se está haciendo, un mundo en el cual no hay esperanza porque no hay nadie que reflexione sobre lo que se hace para poder mejorar: “Está visto que aquí nadie puede salvarse, la ceguera también es esto, vivir en un mundo donde se ha acabado la esperanza” (Saramago, 1995, p. 156). De acuerdo a las anteriores definiciones se puede asumir la ceguera social como la visión estática que tiene un personaje o un grupo social sobre el mundo, la cual solo permite creer en sus convicciones de manera ciega y fanática, no dando lugar al diálogo con sus oponentes ni muchos menos a un cambio en sus pensamientos ni en sus acciones, la mayoría de veces esto lleva a que  la realidad que  observa  el personaje o el grupo social la va a enfocar desde un solo punto y no podrá tener otras visiones o posturas de la situación, siendo esta la base de las dictaduras y las grandes tragedias de la humanidad.

La guerra del fin del mundo, publicada en 1981, es una novela del escritor peruano y Premio Nobel de Literatura 2010 Mario Vargas Llosa. José Miguel Oviedo escribe en la introducción del libro La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa, lo siguiente: “El drama de Canudos es el de la ceguera del espíritu humano, que se niega a aceptar aquello que no se adapta a la horma de sus convicciones o prejuicios, inventando una realidad a la medida de ellos.” (p. 4) Desde esa “ceguera social” se puede abordar la obra del escritor Vargas Llosa:

En La guerra del fin del mundo no sólo aparecen el fanatismo religioso de Antonio Vicente Mendes Maciel, el Consejero, sino también toda la intolerancia del credo de los republicanos, que convierten su causa en un completo aniquilador de las fuerzas inorgánicas, en las que creen advertir la encarnación del mal y ahogan, al sofocar la rebelión, los justos reclamos regionales de los pobres habitantes del sertón. (Morilla Ventura, 1985, p. 136)

En este libro se narra la historia de un pueblo del Brasil, llamado Canudos; los habitantes de este lugar vivían en condiciones de extrema pobreza y descuido por parte de la República; al pueblo llega un hombre que habla de Dios y les promete una vida mejor después de la muerte porque ellos son los elegidos para ser el ejército del bien en la tierra; con la llegada del Consejero se crea una unidad en torno a la religión y sienten que son importantes para algo más que sus miserables vidas: “El   Consejero – les ha enseñado que todos los seres son legítimos por el simple hecho de nacer” (p. 45). Se crea una oportunidad de integración para los habitantes del pueblo, quienes se hacen llamar los yagunzos, que significa los alzados, de poder encajar en su sociedad. Como ellos siempre han sido excluidos, es más fuerte en ellos el deseo de pertenecer a un grupo social, llegando a ser fanáticos religiosos; este fanatismo ciega las miradas de ellos, ya que les exige que solo crean en los mandatos que les da el Consejero:

 “-Eran fanáticos –dijo el Barón, consciente del desprecio que había en su voz-. El fanatismo mueve a la gente a actuar así. No son razones elevadas, sublimes, las que explican siempre el heroísmo. También, el prejuicio, la estrechez mental, las ideas más estúpidas.” (Vargas Llosa, 1981, p. 427)

Esta ceguera se presenta en La guerra del fin del mundo en diversos grupos sociales: los yagunzos, en la República y también en todos los que creen tener la verdad sobre lo que sucede en Canudos, entre ellos Galileo Gall que piensa que ellos se alzaron por buscar la revolución en contra de la República, la liberación de la monarquía y cualquier forma de represión. En las personas del pueblo de Canudos hay ciertos factores que permiten que se crea ciegamente en una doctrina:

  -En los muertos de hambre el instinto suele ser más fuerte que las creencias –murmura, después de apurar hasta el final el líquido de la escudilla, escudriñando las reacciones de Jurema-. Pueden creer disparates, ingenuidades, tonterías. No importa. Importa lo que hacen. Han abolido la propiedad, el matrimonio, las jerarquías sociales, rechazado la autoridad de la iglesia y del Estado, aniquilado a una tropa. Se han enfrentado a la autoridad, al dinero, al uniforme, a la sotana. (Vargas Llosa, 1981, p. 84)

Estos factores que influyen en la estrechez o ceguera social de los habitantes de Canudos son: la pobreza, la falta de educación, alimentación, vestido y vivienda digna, lo que logra que cuando llega alguien (el Consejero) y se fija en su miseria y les da importancia, se cree con devoción  lo que él dice:

La diversidad humana coexistía en Canudos sin violencia, en medio de una solidaridad fraterna y un clima de exaltación que los elegidos no habían conocido. Se sentían verdaderamente ricos de ser pobres, hijos de Dios, privilegiados, como se los decía cada tarde el hombre del manto lleno de agujeros. En el amor hacia él, por lo demás, cesaban las diferencias que podían separarlos: cuando se trataba del Consejero, esas mujeres y hombres que habían sido cientos y comenzaban a ser miles se volvían un solo ser sumiso y reverente, dispuesto a darlo todo por quien había sido capaz de llegar hasta su postración, su hambre y sus piojos para infundirles esperanzas y enorgullecerlos de su destino. (Vargas Llosa, 1981, p. 81)

En los soldados (que representan a la República) también se presenta una visión desvirtuada de la realidad, ya que ellos piensan que lo que hacen los habitantes de Canudos es con el fin de volver a restaurar una monarquía y acabar con la república que se estableció después de muchas guerras:

El Séptimo Regimiento está aquí para debelar una conspiración monárquica. Porque detrás de los ladrones y locos fanáticos de Canudos hay una conjura contra la República. Esos pobres diablos son un instrumento de los aristócratas que no se resignan a la pérdida de sus privilegios, que no quieren que el Brasil sea un país moderno. De ciertos curas fanáticos que no se resignan a la separación de la Iglesia del Estado porque no quieren dar al César lo que corresponde al César. (Vargas Llosa, 1981, p. 131)

Los militares creen que están peleando por la permanencia de la República como sistema político y que al asesinar a los habitantes de Canudos logran acabar con la insurrección, situación que lleva a que mueran todos los habitantes de Canudos en manos de los soldados de la República, quienes supuestamente deben proteger al pueblo y lo que hacen es asesinar a niños, mujeres, enfermos, hombres y ancianos por sus convicciones religiosas. Otra visión errónea de lo que se piensa pasa en Canudos es la del revolucionario inglés  Galileo Gall, quien cree que encontró una forma de revolución política entre los yagunzos, que no era precisamente lo que estaba ocurriendo en ese lugar:

-No perdáis el valor, hermanos, no sucumbáis a la desesperación. No estáis pudriéndose en vida porque lo haya decidido un fantasma escondido tras las nubes, sino porque la sociedad está mal hecha. Estáis así porque no coméis, porque no tenéis médicos ni medicinas, porque nadie se ocupa de vosotros, porque sois pobres. Vuestro mal se llama injusticia, abuso, explotación. No os resignéis, hermanos. Desde el fondo de vuestra desgracia, rebelaos, como vuestros hermanos de Canudos. Ocupad las tierras, las casas, apoderaos de los bienes de aquellos que se apoderaron de vuestra juventud, que os robaron vuestra salud, vuestra humanidad… (Vargas Llosa, 1981, p. 203)

La manera de entender lo que ocurre con el pueblo de Canudos, está sesgada por lo que se cree que pasa, los habitantes del pueblo piensan que vienen por ellos por sus creencias religiosas y no están dispuestos a permitir que los obliguen a cambiar sus cultos; los soldados creen que los yagunzos no aceptan el dinero de la República ni dejan que nadie del gobierno entre al pueblo porque quieren derrocar la República y restaurar la Monarquía y Galileo Gall piensa que lo que ocurre en Canudos es una revolución; nadie se detiene a reflexionar o a dialogar con el otro grupo para saber qué es lo que realmente sucede, creando un sangriento malentendido, en el cual esa ceguera se da entre personas de diferentes bandos que creen que matan a los otros por defender una causa sin que esta sea verídica. “El engaño en que ambos grupos vivían los llevó al absurdo de la guerra. Vargas Llosa advierte claramente el origen de los males: las ideologías, los juicios preconcebidos o la mala fe que dominan a cada uno de estos grupos sociales.” (Renoldi-Tocalio, 1987, p.126). Así como a la persona que sufre una pérdida total o parcial de la visión producto de un obstáculo que le impide la llegada de los rayos de luz hasta el nervio óptico necesita de una cirugía o un trasplante para volver a ver, de igual manera la persona o grupo social que sufre de ceguera social necesita quitarse las ideologías, los juicios preconcebidos, los fanatismos y radicalismos para poder eliminar su venda mental y entender la realidad de otra manera.

No hay peor ciego que el que no quiere ver, ya que la ceguera social tiene solución, pero para que lleguen esos sabios rayos de luz es necesario investigar y escuchar la otra versión de lo que está pasando, de lo contrario  se convierte la mentira, la oscuridad y la ignorancia en una especie de verdad; en el caso de La guerra del fin del mundo, las personas de Canudos  y quienes siguen al Consejero fielmente cometen todo tipo de crímenes (asesinatos con fusil, con machete, con palos, usar a los niños y mujeres como carnadas para el enemigo, etc.),  con el fin defender su verdad y todo lo que no se adapte a la horma de sus convicciones debe ser aniquilado. “En Canudos están pasando cosas –murmura-. Los que ocuparon la hacienda del Barón han atacado a unos soldados de Uauá. Mataron a varios, dicen.” (Vargas Llosa, 1981, p.39).
Tan fuerte es esa invención de otra realidad y los prejuicios morales que tienen los habitantes de Canudos que llegan a derramar sangre en nombre de la religión, en nombre de Dios y todo aquel que se interponga en sus fines es el “Anticristo”:

-Juro que no he sido republicano, que no acepto la expulsión del Emperador ni su reemplazo por el Anticristo –recitó el Beatito, con intensa devoción-. Que no acepto el matrimonio civil ni la separación de la Iglesia del Estado ni el sistema métrico decimal. Que no responderé a las preguntas del censo. Que nunca más robaré, ni fumaré, ni me emborracharé, ni apostaré, ni fornicaré por vicio. Y que daré mi vida por mi religión y el Buen Jesús. (Vargas Llosa, 1981, p. 180.)

Simplemente, se repiten los esquemas preestablecidos, es más fácil seguir al Consejero en el caso de los habitantes de Canudos o a los tenientes en el caso de los soldados que pensar si esos actos que están cometiendo van más allá de la muerte de unas personas. Los habitantes de Canudos se convierten en fanáticos de su religión, están dispuestos a dar su vida por el Consejero para alcanzar la vida eterna. Ese seguir sin pensar convierte a las personas en fanáticas y el fanatismo logra que la persona se preocupe o entusiasme ciegamente por algo, pudiendo llegar a aniquilar la razón, en el caso de los habitantes del Sertón, es un apasionamiento religioso, el Padre Joaquim le explica al militar Moreira César sobre lo que él considera está pasando en Canudos: “Pero ellos no se dan cuenta de lo que hacen. Es decir, son crímenes que cometen de buena fe. Por amor de Dios, señor. Hay una gran confusión, sin duda.” (Vargas Llosa, 1981, p. 223). Los habitantes del pueblo se comportan como animales producto de su fanatismo; en la obra se hace una reflexión sobre estos actos guiados por la “ceguera social”, entendido como las conductas cometidas bajo la influencia de la pasión, ya sea religiosa, política o de cualquier tipo, la cual lleva incluso a utilizar a los niños con fines de guerra a quienes denominan párvulos:

Que los chiquillos de Canudos sean mensajeros –los llaman “párvulos” –ha sido idea de Pajeú. Cuando lo propuso, en este mismo almacén, Joao dijo que era riesgoso, no eran responsables y su memoria fallaba, pero Pajeú insistió, refutándolo: en su experiencia los niños habían sido rápidos, eficientes y también abnegados. (Vargas Llosa, 1981, p. 367)

En la novela hay otro grupo social que también sufre de ceguera, La República, quienes mandan a sus soldados a matar y arrasar con todo aquel que se oponga a sus mandatos: “Son una secta político – religiosa insubordinada contra el gobierno constitucional del país; constituyen un Estado dentro del Estado, pues allí no se aceptan las leyes, no son reconocidas las autoridades ni es admitido el dinero de la república.” (Vargas Llosa, 1981, p. 46).  La república se instauró después de una larga monarquía en el Brasil, los militares y dirigentes políticos que apoyaron la liberación de esclavos y la creación de nuevas condiciones políticas, basadas en la libertad y la separación de la religión del gobierno. No fue fácil para ellos lograr derrocar la monarquía por eso son paranoicos con cualquiera que vaya en contra de sus preceptos: “La República está obligada a defenderse de quienes, por codicia, fanatismo, ignorancia o engaño atentan contra ella y sirven los apetitos de una casta retrógrada, interesada en mantener al Brasil en el atraso para explotarlo mejor.” (Vargas Llosa, 1981, p. 195). Todas estas concepciones sesgadas hicieron que se formara un absolutismo con el cual lo único que se logró fue acabar con un pueblo y llenar de sangre las calles, en el periódico Jornal de Noticias, se ve lo que piensan los republicanos de lo que ocurre en Canudos:

El Partido Republicano Progresista, a través de su Presidente, el Excmo. Sr. Diputado Don Epaminondas Gonçalves, acusó formalmente al Gobernador del Estado de Bahía, Excmo. Sr. Don Luis Viana, y a los grupos tradicionalmente vinculados al Barón de Cañabrava – Ex ministro del Imperio y Ex Embajador del Emperador Pedro II ante la corona británica- de haber atizado y armado la rebelión de Canudos, con ayuda de Inglaterra, a fin de producir la caída de la República y la restauración de la monarquía. (Vargas Llosa, 1981, p. 116)


Hay tres personajes en la obra que logran aproximarse a lo que realmente ocurre en Canudos: Galileo Gall, el Barón de Cañabrava y el periodista miope, quienes entienden la situación de los yagunzos como algo más que lo que dicen los otros. Galileo Gall, después de ir a Canudos, empieza a deducir que lo que hacen los habitantes de Canudos es producto de su ignorancia, pero sus actuaciones inocentemente religiosas atacan directamente a la iglesia y al estado:

-En los muertos de hambre el instinto suele ser más fuerte que las creencias –murmura, después de apurar hasta el final el líquido de la escudilla, escudriñando las reacciones de Jurema-. Pueden creer disparates, ingenuidades, tonterías. No importa. Importa lo que hacen. Han abolido la propiedad, el matrimonio, las jerarquías sociales, rechazado la autoridad de la Iglesia y del Estado, aniquilado a una tropa. Se han enfrentado a una tropa. (Vargas Llosa, 1981, p. 84)

En el caso del Barón de Cañabrava él sabe que es imposible que unos cuantos yagunzos puedan derrocar a la República, ya que sus fuerzas a penas les alcanzan para defender su religión, todo el tiempo reitera que los deberían dejar en paz en su pueblo:

-En eso consiste la maniobra –dijo el Barón-. En haber hecho creer a Río, al Gobierno, al Ejército, que Canudos significa ese peligro. Esos miserables no tienen armas modernas de ninguna clase. Las balas explosivas son proyectiles de limonita, o hematita parda si prefiere el nombre técnico, un mineral que abunda en la Sierra de Bendengó y que los sertaneros usan para sus escopetas desde siempre. (Vargas Llosa, 1981, p. 190)

El Barón tenía claro que esas personas no eran una amenaza porque había convivido con ellos y sabía que lo único que les interesaba en ese momento era la salvación de su alma, que por medio de la religión se habían sentido comprendidos en un mundo para el que ellos no valían nada, él no lograba entender cómo era posible que mataran a esa gente pobre y miserable:

-A esos pobres diablos de Canudos los conozco bien –dijo, sintiendo las manos húmedas-. Son ignorantes, supersticiosos, y un charlatán puede hacerles creer que ha llegado el fin del mundo. Pero son también gente valerosa, sufrida, con un instinto certero de la dignidad. ¿No es absurdo? Van a sacrificarse por monárquicos y anglófilos, ellos que confunden al Emperador Pedro II con uno de los apóstoles, que no tienen idea dónde está Inglaterra y que esperan que el Rey Don Sebastián salga del fondo del mar a defenderlos. (Vargas Llosa, 1981, p. 216)

Por un lado el Barón de Cañabrava sentía que era mejor dejar las cosas así, ya que él no podía impedir el asesinato de todas esas personas porque a nadie le interesaba escucharlo: “El Barón tuvo un estremecimiento; era como si el mundo hubiera perdido la razón y sólo creencias ciegas, irracionales, gobernaran la vida.” (Vargas Llosa, 1981, p. 214) Galileo Gall tampoco confiaba en las palabras del Barón, ya que según él un terrateniente no puede entender lo que les ocurre a los pobres:

¿Qué podía entender de sus ideales un terrateniente aristócrata que vivía como si la Revolución Francesa no hubiera tenido lugar? ¿Alguien lo consideraba “idealismo” una mala palabra? ¿Qué podía entender de Canudos las personas a quienes los yagunzos le arrebataron una hacienda y le estaban quemando otra? Calumbí era, sin duda, en este momento, pasto de las llamas. Él sí podía entender ese fuego, él sabía muy bien que no era obra del fanatismo o de la locura. Los yagunzos estaban destruyendo el símbolo de la opresión. (Vargas Llosa, 1981, p.  227)

Galileo Gall todo el tiempo mantuvo su posición frente a Canudos y deseó que lo que allí ocurría ayudara a cambiar la injusticia que se presentaba con los habitantes del pueblo de Canudos, pero esto no fue lo que aconteció, lo único que se logró en Canudos fue el asesinato de muchas personas. El periodista miope que tuvo que presenciar la guerra, ciego físicamente porque perdió sus gafas, pero paradójicamente parecía más lúcido socialmente que los otros al plantear una posible solución al conflicto de Canudos:

No, la vida había dejado de ser lógica y por eso nada podía ser absurdo. Era la vida: había que aceptarla así o matarse. Pensaba eso, que, aquí, algo distinto a la razón ordenaba las cosas, los hombres, el tiempo, la muerte, algo que sería injusto llamar locura y demasiado general llamar fe, superstición… (Vargas Llosa, 1981, p. 317)

Entender lo que pasó en Canudos como un absurdo malentendido, como una ceguera mental general, no había otra forma, tanta destrucción y muerte no tenían una explicación dentro de la lucidez mental, era necesario estar confundido y sumarle a esto estupidez y crueldad: “-¿LOCURA, malentendidos? No basta, no explica todo – murmuró el Barón de Cañabrava ha habido también estupidez y crueldad.” (Vargas Llosa, 1981, p. 325). La crueldad vuelve a las personas insensibles, y entre tanta muerte ya daba igual que muriera uno más o uno menos: “Es más fácil imaginar la muerte de una persona que la de cien o mil –murmuró el Barón-. Multiplicado, el sufrimiento se vuelve abstracto. No es fácil conmoverse por cosas abstractas.” (Vargas Llosa, 1981, p. 329). Con una visión mental distorsionada o totalmente nula se logran cometer genocidios que se asumen como algo natural; en la guerra, el enemigo no es un ser humano, es un ser que se debe acabar para “poder” restablecer el orden que todos sabemos jamás ha existido del todo. En el caso de Canudos cuando ellos estaban intentando darle un sentido a su vida diferente al de la miseria fueron aniquilados, como si a los pobres jamás se les permitiera ser felices.
El autor de La guerra del fin del mundo, Mario Vargas Llosa, tiene una visión muy diferente de la vida que lo que tienen los diferentes bandos sociales de Canudos, él pretende llegar con sus obras a todas las sociedades, llevar fuego por medio de la literatura, la libertad de pensamiento y de expresión, poder criticar y aceptar ser criticado, no ser conformista, agitar y alarmar, mantener a los hombres en constante razón, en constante obligación de buscar la verdad, esa luz que pone fin a la ceguera social e intelectual. En el discurso que Mario Vargas Llosa dio en 2010 cuando se ganó el Premio Nobel de Literatura dice lo siguiente:

Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola. (p. 2)


BIBLIOGRAFÍA

Angvik, Birger (1963 – 2003). La narración como exorcismo: Mario Vargas Llosa, obras. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.

Autores Varios (2008). Las guerras de este mundo: Sociedad, poder y ficción en la obra de Mario Vargas Llosa. Lima: Editorial Planeta Perú.

Morilla Ventura, Enriqueta (1985). Historia de la Literatura Latinoamericana. Volumen V – La Nueva Narrativa Latinoamericana. Bogotá: Editorial Oveja Negra Ltda.

Saramago, José (1995). Ensayo sobre la ceguera. Madrid: Santillana, S.A.

Tocalio, Renoldi (1987). Polifonía e ideología en la guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa. New York: State University of at Albany.

Vargas Llosa, Mario (2010). La guerra del fin del mundo. Bogotá: Editora Taurus, S.A.


Vilela, Sergio (2010). Mario Vargas Llosa: La libertad y la vida. Lima: Editorial Planeta Perú. 

LA IRONÍA, HACIA EL PODER DEL BLANCO, EN ALGUNOS POEMAS DE LUIS PALÉS MATOS

La ironía permite decir las cosas sin hacerlo de una manera directa; se recurre a la ironía en discursos políticos, por ejemplo, cuando no se quiere mencionar directamente un tema que pueda generar problemas, pero se deja muy claro el mensaje dicho: “La doble posibilidad argumentativa que presenta el fenómeno irónico, lo convierte en una estrategia comunicativa altamente comunicativa y socialmente poderosa.” (Crespo Lajara, 2008, p.86) Cuando alguien se refiere a otra persona y lo elogia delante de los demás, pero esos otros saben que en realidad se refiere a una burla, para poder entender la ironía se hace necesario tener conocimiento sobre lo que realmente se quiere decir. En el caso de la literatura se presenta también ese carácter social para ridiculizar a alguien en específico:

En la literatura muchas veces se persigue la ridiculización de un grupo o de una tendencia con ánimo de mover a la risa, aunque sea cruel. Muchas veces el autor literario intenta crear en el lector un efecto humorístico con el fin de concienciarlo de un problema o hacerlo consciente de una realidad a través del humor y la ironía. (Villarrubia Zúñiga, 2010, p. 34)

El humor y la ironía exigen conocimientos acerca de la historia o el contexto en el cual se desarrollan, para lograr comprender la realidad que se está intentando mostrar. Para poder interpretar la ironía en un texto es necesario hacer un salto del nivel superficial del texto a un nivel un poco más profundo; en el Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria definen la ironía como:

La ironía consiste en decir algo de tal manera que se entienda o se continúa de forma distinta a la que las palabras primeras parecen indicar: el lector, por tanto, debe efectuar una manipulación semántica que le permita descifrar correctamente el mensaje, ayudado bien por el contexto, bien por una peculiar entonación del discurso. (Marchese y Forradellas, 1998, p. 221)

Al utilizar la ironía en un texto se hace necesario que, tanto el autor como el lector, descifren prácticamente dos mensajes, lo que se dice en una primera leída o se puede interpretar de manera ingenua y a lo que se puede llegar con un análisis más profundo y teniendo en cuenta el contexto. Graciela Reyes dice al respecto:

No miente ni finge mentir, sino que hace dos afirmaciones a la vez, la literal y la que ha de sobreentenderse; la literal la atribuye a un lector que ya identificaremos, y a ésa le yuxtapone la propia, no formulada. (Villarrubia Zúñiga, 2010, p. 30)

El poeta Luis Palés Matos (1898 – 1959) se interesa por lo que ocurre en las Antillas, por lo que sucede con la raza negra que es esclavizada una y otra vez por los blancos. Se le considera como el iniciador del negrismo en las Antillas hispánicas. Cuando llegaron los europeos a colonizar América trajeron consigo esclavos negros, de ahí que Suramérica posea múltiples culturas y razas. En el caso de Haití, de donde provinieron la mayoría de esclavos, fueron colonizados por los franceses y muchos de ellos adquirieron costumbres francesas. La ironía permite crear en el lector un concepto sobre lo que se le muestra, concienciarlo de un problema:

Sólo la ironía hace posible esta deconstrucción del modelo colonizador europeo. Ironía que anima todo un programa poético en los dos pórticos del Tuntún, leído en clave irónica, voltea al revés los epítetos con que Europa ha disminuido secularmente a la raza negra, vaciándolos de su carga negativa para exaltarlos como fuerzas vitales. Así, la danza, el ritmo, el sexo y la inmersión en la naturaleza y la magia se convierten en la poesía palesiana en elementos que potencian a la raza negra, y a cuya carencia se debe precisamente el deterioro del mundo blanco. (López – Baralt, 1960,  p.5)
           
Para poder entender el porqué un puertorriqueño escribe sobre el hombre negro, se debe entender un poco la historia de  este país. Durante la colonización de las Antillas, por los europeos, los indios fueron masacrados y quedaban muy pocos de ellos; muchas de las labores del campo no las querían hacer los blancos, por lo tanto, decidieron traer esclavos negros del África para que hicieran las labores más pesadas, pero las condiciones de estos esclavos eran diferentes a los del resto de esclavos en América; afirma el Dr. Díaz Soler:

Por haber sido Puerto Rico una tierra pobre, no pudieron sus habitantes hacerse de grandes contingentes de esclavos; lo contrario ocurría en colonias de mayor desarrollo. Por el hecho de que fueran relativamente pocos los esclavos ligados al régimen de la tierra, los hacendados se vieron obligados a ofrecerles el mejor trato que las circunstancias permitían, a fin de conservarlos físicamente capacitados para las labores del campo. En otras palabras, la escasez de brazos esclavos vino a convertir al africano que vivía en Puerto Rico en un instrumento de trabajo de estimable valor. (Labarthe, 1962, p.2)

Palés Matos escribe dentro de un ambiente de maltratos físicos y humillaciones hacia los negros, tal vez no con el mismo nivel de violencia que recibían los otros esclavos de América, pero seguían siendo esclavos; escribe en sus poemas sobre lo ridículo que es el sentimiento europeo de superioridad hacia las otras razas, tomando así posesión de la vida de miles de negros e indígena; también ironiza sobre ese sentir de algunos negros que fueron esclavizados y luego lograron tener algún puesto “importante” y desean ser europeos o adquirir esa cultura como si fuera indigno ser latino o africano.

Tuntún de pasa y grifería, (1925– 1937) de Luis Palés Matos, se considera uno de los textos más importantes de la poesía antillana sobre la raza negra. Según Alessandra Privitera: Palés ha amalgamado principalmente su saber libresco sobre la geografía, la fauna, la flora y los rituales africanos, logrando transmitir ritmos musicales y demás expresiones culturales en su escritura (Privitera, s.f., p.1).  Dentro de este texto se encuentra el poema “Elegía del duque de la mermelada”:

ELEGIA DEL DUQUE DE LA MERMELADA

¡Oh mi fino, mi melado Duque de la mermelada!
¿Dónde están tus caimanes en el lejano aduar del Pongo,
y la sombra azul y redonda de tus baobabs africanos,
y tus quince mujeres olorosas a selva y a fango?

Ya no comerás el suculento asado de niño,
ni el mono familiar, a la siesta, te matará los piojos,
ni tu ojo dulce rastreará el paso de la jirafa afeminada
a través del silencio plano y caliente de las sabanas.

Se acabaron tus noches con su suelta cabellera de fogatas
y su gotear soñoliento y perenne de tamboriles,
en cuyo fondo te ibas hundiendo como un lodo tibio
hasta llegar a las márgenes últimas de tu gran bisabuelo.

Ahora, en el molde vistoso de tu casaca francesa,
pasas azucarado de saludos como un cortesano cualquiera,
a despecho de tus pies que desde sus botas ducales
te gritan: -Babilongo, súbete por las cornisas del palacio-.

¡Qué gentil va mi Duque con la Madama de Cafolé,
todo afelpado y pulcro en la onda azul de los violines,
conteniendo las manos que desde sus guantes de aristócrata
le gritan: -Babilongo, derríbala sobre ese canapé de rosa!-

Desde las márgenes últimas de tu gran bisabuelo,
a través del silencio plano y caliente de las sabanas,
¿por qué lloran tus caimanes en el lejano aduar del Pongo,
¡oh mi fino, mi melado Duque de la Mermelada!? 


El título del poema muestra la ironía con la que se anhela a este duque, con una elegía, la cual se escribe para lamentar algo que se pierde; en este caso, se pierde al duque de la mermelada. Este genial duque existió durante la presidencia de Faustin I. “Faustin Elie Soulouque fue general y político. A la edad de 62 años fue elegido presidente; dos años después, en 1849, se proclamó emperador, con el nombre de Faustin I” (Tabori, 1961, p.8). Este rey de raza negra quería imitar el modelo francés de los reyes así que tuvo muchos condes, virreyes y todo lo que lo hiciera parecerse al rey de Francia, a cada miembro de su nobleza le entregaba tierras:

Era bien sabido que a la nobleza de Francia, a la que tanto se imitaba, tomaba su nombre de las propiedades que ocupaba, por lo cual se consideró aconsejable que la nueva aristocracia negra se denominará según la propiedad de cada uno. Así, el nuevo propietario de una fábrica de jaleas se enorgullecía de que lo llamaran duque de la Mermelada. (Tabori, 1961, p. 10)

El deseo de los haitianos por ser franceses llevaba a que se viera ficticia su nobleza; la ironía comienza desde el título, el lamento que se hace al perder al duque de la Mermelada, a un ser que se llama de acuerdo a los estándares franceses, pero termina siendo el duque de una comida; se utiliza la ironía para mostrar lo ridículo que es el adquirir otra cultura que no es la propia. En el primer verso se describe a un duque fino y melado, cualidad primera propia de los europeos que desean ser finos y cualidad segunda propia de la mermelada que es dulce o melada.

Este deseo del negro de ser francés se contrasta con su propia realidad al plantearle una pregunta en los versos 2 al 4: ¿qué pasa señor duque con sus caimanes cuando vivía en chozas o aduares en el Pongo, qué pasa con sus baobabs o árboles del África tropical, qué pasa con sus quince negritas? ¿Dónde dejaste tu raza africana, la cambiaste por ser francés? Durante la segunda estrofa se juega con el efecto contrario, el cómo desear ser de otra cultura lleva a denigrar de la propia, diciendo que antes cuando él era africano comía niño y tenía piojos, manera de decir precisamente lo contrario, de ver cómo se acepta la satanización europea de una raza para darle espacio a poner a la otra de modelo.

En la tercera estrofa se muestra que, el darle la espalda a su raza, hace que ese duque se despida de la libertad para siempre, de tener su suelta cabellera de fogatas y sus tambores, y, por el contrario, se hunda en el fango de su deslealtad hasta que se encuentre de frente con su verdadera raza, con su bisabuelo. Ironía que continúa en la cuarta estrofa, hablando de sus azucarados saludos al igual que el dulce que posee la mermelada. Otra manera de ridiculizar se da en la quinta estrofa al transformar el francés en español, llamando a la esposa del duque Madama de Cafolé y mostrando cómo se ha cambiado la tierra, los tambores, la libertad africana por la pulcritud, los violines y los guantes europeos. En la última estrofa se mantiene el mensaje que se ha querido dar durante todo el poema, recordándole al duque de la Mermelada su raza y mostrando lo ridículo que es el renegar la cultura propia para querer ser algo o alguien que simplemente no se es.

La ironía con que se presenta al hombre europeo también se manifiesta en el poema “Lagarto verde”, “que en Puerto Rico evoca la frase “¡Lagarto sea”!, con que popularmente se pretende exorcizar el maleficio de la sola mención de la palabra serpiente.” (López - Baralt, 1960,  p.17)

LAGARTO VERDE

El Condesito de la Limonada,
juguetón, pequeñín… Una monada
rodando, pequeñín y juguetón,
por los salones de Cristobalón.
Su alegre rostro de tití
a todos dice: -Sí.
-Sí, Madame Cafolé, Monsieur Haití,
por allí, por aquí.

Mientras los aristócratas macacos
pasan armados de cocomacacos
solemnemente negros de nobleza,
el Conde, pequeñín y juguetón,
es un fluido de delicadeza
que llena de finuras el salón.

-Sí, Madame Cafolé, Monsieur Haití,
por allí, por aquí-.
Vedle en el rigodón,
miradle en el minué…
Nadie en la corte de Cristobalón
lleva con tanta gracia el casacón
ni con tanto donaire mueve el pie.
Su fórmula social es: ¡oh, pardón!
Su palabra elegante: ¡volupté!

¡Ah, pero ante Su Alteza
jamás oséis decir lagarto verde,
pues perdiendo al instante la cabeza
todo el fino aristócrata se pierde!

Y allá va el Conde de la Limonada,
con la roja casaca alborotada
y la fiera quijada
rígida en epiléptica tensión…
Allá va, entre grotescos ademanes,
multiplicando los orangutantes
en los espejos de Cristobalón.

Dentro de la corte del rey  Cristophe, el primer rey negro de Haití y del cual Faustino I copió su modelo de nobleza, había un Conde de la Limonada, el cual, se presenta en el poema como un niño, porque es todo juguetón y pequeñín: “El blanco le habla al negro de “negrito”, es decir, lo trata como a un niño, lo que supone la autoridad del blanco como adulto.” (Privitera, s.f., p.2) Esta manera irónica de referirse al Conde de la Limonada se reitera con otros adjetivos tiene un rostro de tití y no tiene personalidad porque a todos les dice: “Sí”; cuando se refiere a todos, lo hace hacia los franceses, las Madame y los Monsieur. Se habla de los salones de Cristobalón: “Pero de entrada el poeta también parodia a Cristophe, nombrándolo con el aumentativo despectivo de Cristobalón” (López – Baralt, 1960, p.17).

En la segunda estrofa se da una relación entre los aristócratas y los micos macacos, los cuales, se arman con cocomacacos, una especie de arma hecha de cocos especialmente para ellos; lo cual contrasta con lo que ellos buscan que es la nobleza, la delicadeza y la finura.

En la tercera estrofa se hace énfasis en que a quien quiere imitar el “Condesito de la limonada”, es a los franceses, utilizando Monsieur y Madame, hablando del minué, recordando que su fórmula social es: ¡oh, pardón! Y su palabra elegante: ¡Voluptè!: “Avanzando por la segunda y tercera estrofas, se perfila otro comportamiento característico del sujeto inferiorizado por la acción estigmatizadora de la sociedad europea (francesa en este caso): la “hipercorrección” en el empleo del idioma del conquistador. El ser conquistado por alguien en una guerra hace que quienes fueron sometidos sientan que son inferiores por no haber podido hacer nada para liberarse; se busca parecerse a quien hace daño, a quien “ganó”; a veces la lógica funciona muy al estilo animal, el más fuerte es a quien todos siguen, aunque ese fuerte lo haya logrado de manera sucia, gracias a las armas. Lo primero que se busca para someter a alguien es que denigre de sí mismo, que se sienta inferior y admire al otro, a quien lo somete. 

La burla del colonizador otorga cuerpo a la presión externa. En palabras de Fanon: Si este amigo está sumergido hasta tal punto en el deseo de ser blanco es porque vive en una sociedad que hace posible su complejo de inferioridad, una sociedad que extrae su consistencia del mantenimiento de este complejo, una sociedad que afirma la superioridad de una raza. (Privitera, s.f., p. 4)

En la cuarta y última estrofa ocurre un cambio en el poema, ya no se muestra tranquilo el duque, ni dulce, ni juguetón; cuando se da cuenta o escucha la palabra lagarto verde, que hace referencia a la serpiente, a la traición. El Condesito no se puede mentir a sí mismo mucho tiempo, no puede sostener el ser francés porque simplemente no lo es, por eso pierde la cabeza, su casaca se le alborota, su quijada es fiera, se pone rígido y en tensión, hace grotescos ademanes y se parece a un orangután.

Al esfuerzo obstinado del colonizado por superar el desprecio, a su sumisión admirativa, su aplicada preocupación por confundirse con el colonizador, por vestirse como él, por hablar,  conducirse como él hasta en sus tics y su manera de hacer la corte, el colonizador opone un segundo deprecio: la burla, dirá que el colonizado no es sino un mono. (Privitera, S.f., p.4)

En los dos poemas se ve, de manera clara, la intención irónica del autor; tanto en “Elegía del duque de la mermelada”, como en “Lagarto verde”, se expresa un deseo constante de ridiculizar dos aspectos: el primero, el poder del blanco, que se siente superior al negro y el segundo, el deseo del negro de ser como el blanco, a pesar de que ha sido sometido y maltratado. Este deseo de concienciar o mostrar lo ridícula que es la colonización no solo física, sino también mental está presente en su poesía, especialmente en su “Tuntún de pasa y grifería”, deseando mostrar la cultura antillana como una manera de reivindicar esa cultura. Resaltar el sentir de cada raza, la importancia de sentirse orgulloso de lo que se es y mostrar lo incorrecto de ser otra persona, cuando se adoptan otras maneras de hablar, de actuar o de vestir, no solo se está imitando a otra cultura, sino también se está dando la espalda a la propia, negando el derecho que toda persona tiene a la libre expresión y, por ende, a crear sus costumbres de acuerdo a la realidad en la que se vive, ya que la manera de ver y hacer la vida depende de las vivencias de cada persona.





BIBLIOGRAFÍA

Crespo, V. (2008). Las claves argumentativas de la ironía. Alicante: Universidad de Alicante.

González, J. (1986).  La evolución poética de Luis Palés Matos. Anales de literatura hispanoamericana (15). Madrid: Editorial Universidad Complutense.

Labarthe, p. (1962). La poesía afro-antillana: Luis Palés-Matos. Illinois Wesleyan University.
López – Baralt, M. (1960). La biblioteca negra de Palés: Hacia una parodia de la etnografía. Umbral.

Marchese, A y Forradellas, J. (1998). Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria. España: Editorial Ariel, S.A.

Privitera, Alessandra. (s.f.). La representación del “deseo de ser blanco” en los poemas de “Lagarto verde” y “Elegía del duque de la mermelada” de Luis Palés Matos. Universidad Nacional de Rosario.

Tabori, P. (1961). Historia de la estupidez humana. Buenos Aires: Editorial Dédalo.

Villarrubia, M. (2010). La ironía y el humor a través de la literatura. Una dimensión de la pragmática cognitiva en la enseñanza del ELE. Revista de didáctica ELE, 10.










EL GALLO COMO REPRESENTACIÓN DE LA LIBERTAD POLÍTICA EN EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA, DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ


“García Márquez tiene memoria de rumiante, y como tal, apela al trabajo antes que a la inspiración, a la artesanía antes que al golpe de fortuna”

Conrado Zuluaga

En El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez, novela publicada en 1961, se puede apreciar, a través del “meticuloso, ordenado, elíptico y transparente narrador” (Saldívar, 1997, p. 249), la figura del coronel: “uno de los grandes personajes de la novela latinoamericana de todas las épocas” (Vargas, 2011, p.35).  Debido a la relación que el militar y los otros personajes generan con el gallo, este se configura como una representación de la libertad política.

A lo largo de la novela, es posible descubrir que, tanto el coronel, como su esposa, son los dueños del gallo, pero este hecho es asumido, de manera diferente, por cada uno de los habitantes del pueblo, pues, tal y como se manifiesta en la obra: “Dijeron que el gallo no era nuestro sino de todo el pueblo” (García Márquez, 2011, p. 69).  Aspecto que devela cómo este simple animal empieza a sufrir una transformación en el imaginario colectivo, es decir, en los lugareños, quienes, de forma directa o indirecta, van encontrando en este ser vivo un sentido de pertenencia a partir de una serie de factores que se van desarrollando en el transcurrir de la obra, pues el ambiente que se respira es el de la represión, en el que impera “el estado de sitio” (García Márquez, 2011, p. 13).

El eminente crítico literario, Ángel Rama, expresa que “no se puede evitar la asociación entre el gallito de pelea y el pueblo joven decidido a luchar” (Rama, 2011, p. 69).  Este aspecto es rastreable en la novela de García Márquez, ya que aquel animal, que al principio de la obra está “amarrado a la pata de la cama. Era un gallo de pelea” (García Márquez, 2011,  p. 8) va generando miradas entre los integrantes del pueblo porque, según las leyes que imperan en el lugar en el que se desarrolla la obra, se vive una situación de censura, muy al estilo de la que se describe en Memoria de mis putas tristes, pues, según el narrador de esta obra: “[…] con los cambios políticos y el deterioro del mundo, nadie del gobierno pensaba en las artes ni las letras” (García Márquez, 2004, p. 99.).  Esa situación “tensa” que se vive en la obra en la que Delgadina y el sabio desarrollan sus pasiones, tiene un elemento común en El coronel no tiene quien le escriba: Agustín estaba muerto por razones asociadas a su ideal político.  Al respecto, Escobar Isaza manifiesta que “el gallo, que había pertenecido a Agustín – el hijo muerto por las balas del régimen opresor – y ahora se hallaba bajo la custodia del viejo, según lo comprendió por fin el coronel, pertenecía en realidad al pueblo entero, como símbolo que era – pensará nuestro intérprete – de su auténtica riqueza” (Escobar, 2011, p. 17).  En la obra, se vislumbra un clima de violencia, del cual el coronel es testigo: “Es el primer muerto de muerte natural que tenemos en muchos años” (García Márquez, 2011, p. 10).  Aunque este hecho no está relacionado con Agustín, su hijo, las palabras del coronel evidencian el clima violento en el que impera “el estado de sitio” (García Márquez, 2011, p. 13).  Sumado a eso, el coronel enfatiza en ese clima político en el que, como él mismo lo expresa: “Desde que hay censura los periódicos no hablan sino de Europa” (García Márquez, 2011, p. 27.)

Hay que tener presente que los amigos de Agustín, tal y como los describe el narrador: “oficiales de sastrería, como lo fue él, y fanáticos de la gallera” (García Márquez, 2011, p. 15) representan esa oposición al sistema político que se vive en el pueblo, el cual, según el narrador, está representado en el poder de la policía (García Márquez, 2011, p. 63).  En la obra se hace evidente que el gallo se asume como esa forma de escape a esa realidad que carcome a los habitantes del pueblo, de ahí la adhesión de los compañeros de Agustín y por ende, del coronel y de todo el pueblo, a la gallera, ya que este lugar se convierte en el centro y símbolo de su libertad.  El gallo, “herencia del hijo acribillado nueve meses antes en la gallera, por distribuir información clandestina” (García Márquez, 2011, p. 15), empieza a ser considerado como esa válvula de salida a ese contexto de impotencia en el que se resuelven las diferencias, de manera violenta.  Como lo afirma el narrador, el hijo del coronel tenía nexos con grupos al margen de la ley, razón por la cual fue asesinado.  Su padre hereda el gallo, el cual se convierte en una forma de heredar esa “culpa”, esa mácula, al estilo de las tragedias griegas que tanto han marcado la literatura y el cine que ha surgido de la mano de Gabriel García Márquez: Edipo alcalde y Tiempo de morir, producciones cinematográficas en las que el novelista, desde su condición de guionista, dio vida a historias en las que los componentes de Sófocles estuvieron presentes (García Márquez, 1982, p. 124), como lo afirmó en la serie de conversaciones, dadas a conocer en El olor de la guayaba.

Además, el pueblo coexistía con “toques de queda” (García Márquez, 2011, p. 28) que, de una u otra manera, restringían el libre actuar de los personajes.  En el imaginario de ellos, como es el caso de Germán, se evidencia una insistencia en cuanto al hecho de que el coronel mantenga el gallo y que, como lo expresa este compañero de Agustín: “Lo importante es que sea usted quien ponga en la gallera el gallo de Agustín” (García Márquez, 2011, p. 42).  Sumado a este hecho, el clima del pueblo invitaba al silencio.  Prueba de ello, es el letrero que estaba en la sastrería: “Prohibido hablar de política” (García Márquez, 2011, p. 31).  Este elemento es una prueba fehaciente de que el ambiente que se respira en la obra atentaba contra toda libertad de expresión y se agudizaba, aún más, si esta tenía relación con la política.  De ahí que como afirma Escobar Isaza: “el gallo era el símbolo de la fuerza popular reprimida” (García Márquez, 2011, p. 15).  Ante una situación de represión, la gallera y, por ende, el gallo del coronel, se asumían en un símbolo de esa libertad anhelada, esa construcción colectiva que hacía ver en este animal algo más que un ser vivo, casi como un “ser humano” (García Márquez, 2011, p. 47), un puente hacia un cambio en el nivel político-social.  Al respecto, Escobar Isaza expresa acerca del gallo que este le brindaba una auténtica vida, “[…] pues llevándolo cargado pensó que nunca había tenido una cosa tan viva entre las manos”.  Esa vida que le transmite este animal, se transfiere al pueblo que se convierten en dueños del gallo y ven en él, ese poder, esa representación de la libertad política que tanto anhelan y que podría modificar su “realidad”, la cual estaba llena de “toques de queda”, “estados de sitio”, que los arrojaba a situaciones “clandestinas”, pues, es evidente que vivían en un “régimen opresor” (Escobar, 2011, p. 17) que aniquilaba a quien se opusiera a sus ideas, como fue el caso de Agustín. 

Conrado Zuluaga, biógrafo de García Márquez, expresa que:

[…] la atmósfera política está sobrecargada de tensión.  Los tres meses que dura la narración parecen un delicado paréntesis, entre una serie de situaciones de violencia que se vivieron en el pasado y la pausada y agobiante formación de nubes oscuras, cargadas de tormenta, que se avizoran en el horizonte” (Zuluaga, 2011, p. 24).

Esa “tensión” es la que se genera en torno al gallo y se convierte en ese símbolo del cambio, del recuerdo de Agustín, como ese adalid de la oposición y representante de la clandestinidad.  Esa encomienda es aceptada por su padre, el coronel, quien aviva el deseo de mantener vivo el gallo como una manera de darle continuidad a ese ideal político de la oposición que ha cobrado víctimas de la violencia. El narrador enfatiza, en un momento cumbre de la obra, que el coronel “Comprendió que había caído fatalmente en una batida de la policía con la hoja clandestina en el bolsillo […] Vio de cerca, por la primera vez en su vida, al hombre que disparó contra su hijo” (García Márquez, 2011, p. 63.)  A partir de este hecho, se reafirma ese clima violento en el que un representante de la policía, como lo describe el narrador: “Estaba exactamente frente a él con el cañón del fusil apuntando contra su vientre” (García Márquez, 2011, p. 63.).  Hecho que ilustra ese ambiente violento en el que unos gobiernan y otros asumen, de manera sumisa, el poder ejercido sobre ellos.  En torno a esto, Dasso Saldívar, biógrafo de García Márquez, señala que en El coronel no tiene quien le escriba y otras novelas “se irían ampliando y enriqueciendo los temas del poder y la violencia” (Saldívar, 1997, p. 305) que, en este caso, gracias a la presencia del gallo, este se convierte en una figura en la que el coronel, su esposa y todos los habitantes del pueblo cifran sus esperanzas de cambio político y social, pues, no hay otra manera de generar oposición a ese régimen que está presente en el pueblo.

Es por ello que el gallo, en la obra de García Márquez, es ese “aliciente” (Zuluaga, 2011, p. 25) que da vida a la esperanza de un cambio político que permite a los habitantes del pueblo, hallar una forma de vida acorde a sus principios en la que la violencia no sea que la impere y en el que los muertos sean de “muerte natural”.  Una manera de reivindicarse ante las atrocidades del poder ejercido por los poderosos y optar por su única forma de escapar de esa realidad: la gallera, vista como ese lugar en el que todos pueden llegar a ser transgresores de ese régimen que actúa sobre ellos.
  

BIBLIOGRAFÍA


ESCOBAR ISAZA, Javier.  (2011).  “Una proclama en pro de la ingenuidad”.  En: El coronel no tiene quien le escriba.  Bogotá, Editorial Norma.

GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel.  (1982). Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza.  “El olor de la guayaba”.  Bogotá: Editorial La Oveja Negra Ltda.

GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel.  (2004).  Memoria de mis putas tristes.  Bogotá: Grupo Editorial Random House Mondadori, S. L.

GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. (2011).  El coronel no tiene quien le escriba.  Bogotá: Editorial Norma.

RAMA, Ángel. “A propósito de García Márquez y su obra”.  En: El coronel no tiene quien le escriba.  Bogotá, Editorial Norma.

SALDÍVAR, Dasso.  (1997).  García Márquez.  El viaje a la semilla. La biografía.  Bogotá: Santillana, S. A.

VARGAS CANTILLO, Germán. “Acerca de El coronel no tiene quien le escriba”. En: El coronel no tiene quien le escriba.  Bogotá, Editorial Norma.

ZULUAGA, Conrado.  (2011).  “La espera del viejo combatiente”.  En: El coronel no tiene quien le escriba.  Bogotá, Editorial Norma.

ZULUAGA, Conrado.  (2007).  “Prólogo”.  En: OLIVEIRA CASTRO, Margret S. de. La lengua ladina de García Márquez. (2007).  Bogotá: Editorial Panamericana.






EN BÚSQUEDA DE ÉROS Y TÁNATOS

La literatura es un arte y como tal tiene la finalidad de que el ser humano explique el ser, es decir, trascienda más allá de lo que la rutina no le deja ver; por medio de las palabras se describe la belleza de todas las formas, situaciones, colores, sabores, excesos… Cuando como lectores nos enfrentamos a un texto, estamos entrando en un nuevo mundo, el cual nos ofrece experiencias inigualables gracias a la habilidad del escritor para plasmar la realidad o fantasía que desea mostrar.
El abrir la mente a nuevas experiencias permite que se vea lo hermoso en lo feo, lo dulce en lo amargo, la vida en la muerte, la alegría en la miseria, la felicidad en la tristeza, es decir, gracias a las múltiples historias, culturas, emociones, sensaciones, espacios, tiempos, personajes, lugares que conocemos en los cuentos, poemas, novelas, tragedias, dramas, comedias, etc., podemos encontrar nuevos sentidos a la vida cotidiana, entender que no siempre hay una respuesta a cualquier pregunta que se nos plantee, sino que se puede buscar toda la baraja de posibilidades que nos ofrece el mundo en el que nos encontramos.
En la novela La estrella del destino, de Nepomuceno Navarro,  se cuenta la historia de la colonización de América y el cómo, un personaje transgresor femenino, logra romper, por un momento, el esquema con el que se veía a la mujer indígena de ese momento, pero es callada por la bayoneta homicida; la sociedad, de ese entonces, se pone la máscara de la violencia, esa parte oscura del ser. Estado violento que se sigue manifestando en la novela Flor de fango, de José María Vargas Vila, contra el personaje  femenino, que, por pasar por encima de la norma, es ajusticiada por una sociedad enferma de poder, la cual no acepta que una mujer defienda su derecho a la libertad; tema común con la novela La tejedora de coronas, de Germán Espinosa, en la cual Genoveva Alcocer transgrede todas las normas, se quita la máscara que le ha impuesto la sociedad, de mujer sumisa y se pone su propia máscara; ella decide ser una mujer intelectual, asumir su libertad sexual, su libertad de vida. Finalmente, es quemada en la hoguera. Sociedades represivas que se muestran de una manera cada vez más cruel; en la novela Viento seco,  de Daniel Caicedo, se describe la violencia partidista en Colombia, país que no tolera las diferencias políticas y utiliza la violencia sexual para demostrar poder frente a los demás, su personaje principal, Cristal, es obligada a tener intimidad con más de diez hombres.

La violencia muta en la sociedad de diversas formas, la ambición del hombre lo lleva a ser injusto con los otros y, por ende, se crea una sociedad llena de odio; en el caso de la novela Pedro Hernández, de Alberto García Herreros, el amor se ha convertido en un negocio, lejos de todo significado espiritual; el personaje principal se casa con su prometida por un interés económico. En Delirio, de Laura Restrepo, se refleja una doble moral, hay una  forma delirante de enriquecerse, un conflicto constante entre, el ser y el parecer, en Don Simeón torrente ha dejado de... deber, de Álvaro Salom Becerra, también se critica el tener que endeudarse para poder mantener las apariencias y la relación implícita de este materialismo con un ser que, en el fondo, ve en el otro, un competidor.

Ambición que luego se refleja en una sociedad paisa que utiliza la muerte de los otros como medio de obtener un sustento económico; en La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, se muestra el mundo del sicariato, en el cual se emplean los rezos a la Virgen María Auxiliadora como un medio  para que ella los ayude a tener mejor puntería a la hora de matar a sus víctimas y así asegurar el dinero que les dan por cada muerto. Nahum Montt, en su novela El eskimal y la mariposa, relata también el mundo de los sicarios, pero en Bogotá; recrea aquella atmósfera de desolación y desesperanza que gira en torno a seres humanos que asesinan a otros. Primero estaba el mar, de Tomás González, es una obra que se desarrolla frente al mar, en donde sus protagonistas llegan a un pueblo costero cargados de ilusiones, pero lo que encuentran es violencia, sus sueños destruidos y su felicidad perdida.  Todas estas miradas hacia los conflictos sociales, permiten vernos hacia adentro como individuos.

Hay una ruptura en la literatura y, tal vez, en la manera de ver lo sucesos de los individuos; en  Maracas en la ópera, de Ramón Illán Bacca, el sincretismo musical se muestra en esta obra como una necesidad en el hombre de expresarse, ya sea para protestar, para denunciar, para evadirse, para transformar y desechar algo con lo que no se está de acuerdo. Asimismo, dicho sincretismo, es reflejo de la realidad y es un medio que permite atacar el contexto colombiano sin usar la violencia como herramienta de poder. Mediante la música es posible persuadir y crear conciencia de una problemática, ya sea para confrontarla o evadirla. Se reformula la historia colombiana (la novela histórica), mediante una nueva mirada, un mirada irónica y sesgada que introduce nuevos matices que alivian la gravedad con la que casi siempre se ha tratado la violencia en Colombia. A través de un humor fresco e inteligente, el escritor rescata de las miserias de la vida cotidiana a toda una infantería de seres desgraciados que van desgranando sus experiencias insólitas a una velocidad trepidante. Los autores empiezan, por medio del humor, a retratar la sociedad, se busca un escape; en Cambio de voz, de Irene Vasco, por medio de seis cuentos, se muestra el juego de las apariencias que se dan entre los personajes y los valores de uso por los valores de cambio; humor que utiliza también Triunfo Arciniegas en sus cuentos; la vida se convierte en una sátira, es tan insoportable que no vale la pena retratarla tal cual en los textos.


Luego del hastío no queda más que reconciliarnos como individuos con nosotros mismos, los demás y, por qué no, con Dios; regresar a nuestra esencia; en Si preguntan por mí,  de Beatriz Zuluaga, se da una  ruptura social entre lo que espera la sociedad y lo que realmente somos; no más pinturas, se hace un regreso al ser que busca Gonzalo Arango en su obra Providencia, el hombre y la mujer que se propone, son unos seres que deben retomar el camino hacia la espiritualidad, hacia el perdón, entre otras muchas obras literarias que se analizan en este libro desde diversas temáticas, que permiten ver esas constantes pulsaciones humanas entre el Eros y el Tánatos, entre la vida y la muerte; esto aplica precisamente en nuestra sociedad colombiana: dejar atrás los odios y ser capaces de reconciliarnos, de dialogar con el otro, buscar un mundo sin decadencia, por qué no, un país más justo. Lograr crear un proceso de concientización de nosotros mismos, permitirá crear una nueva literatura latinoamericana que refleje esa sociedad justa que tanto necesitamos.